El falso sueño de la perfección

En ocasiones pareciera que sólo si somos perfectos podemos educar a nuestros hijos.



Nada atenta más contra la familia que el sueño irrealizable de la perfección; de la mujer o el marido ideal, de los hijos perfectos e incluso del perfecto “yo”. Pueden existir en los sueños, pero no se dan en la realidad y eso conlleva el riesgo de no aceptar a las personas tal cual son.

En ocasiones, los educadores y los charlistas nos hacen ver nuestros puntos débiles y, si aceptamos lo que nos muestran de nosotros mismos, podemos desembarcar en el desánimo. Porque pareciera que sólo si somos perfectos podemos educar a nuestros hijos. Si fuera así, más valdría bajar las cortinas y cerrar la tienda. Pero, ¡no! Podemos ser buenos padres aún teniendo muchos defectos.

Lo mismo pasa con nuestros familiares. A veces imaginamos que la mujer ajena, el marido ajeno o los hijos ajenos sí son ideales, mientras que lo que tenemos en casa está lleno de defectos y es, por lo tanto, difícil de querer. En primer lugar, está comprobado que a quienes tenemos muy cerca les cuesta más ocultar sus imperfecciones y, por otro lado, que el ojo humano tiene una tendencia a ver lo negativo más que lo positivo. Un magnífico ejercicio de objetividad es afinar la vista para las cosas buenas de los que nos rodean y no hacer hincapié en los puntos débiles, que siempre mejoran con el cariño y la paciencia.

Ser perfecto, cuando más una aspiración

Los santos, sean llevados al altar o moradores del anonimato, han sido todos personas imperfectas y ni siquiera se atrevían a aspirar a la perfección. Incluso, como buscaban caminar en la luz, veían con más claridad sus defectos. Cuando se anda a oscuras, se tropieza porque no se ven los obstáculos, pero en la luz se ven hasta las motas de polvo. Teresa de Ávila dijo que la humildad era andar en la verdad. Sólo el orgullo y la vanidad deforman esa verdad sobre nosotros mismos y nos lleva a la falsa creencia de que “somos lo máximo”. Craso error, que muy pronto se estrella contra la realidad. Además de estar equivocados, atenta contra la justicia, ya que, se ve la paja en el ojo ajeno y se permanece ciego a las vigas en el propio.

Por eso, se ha dicho con razón que hay que ser pacientes con los demás, pero desde luego también con nosotros mismos. No se trata de pactar, desconocer o poner nombres de fantasía a nuestros defectos, porque no se puede bajar la guardia. Lo que está claro es que nuestras debilidades no pueden hacernos caer en la desesperanza. En este campo se trata de intentar ganar la guerra dando pequeños pasitos adelante. Y ésta es una lucha deportiva, en que muchas veces tarda muchísimo en llegar la victoria, si es que llega algún día.

Tratar de ser mejores al mismo tiempo que se acepta cómo uno es en el momento, parece ser el punto de equilibrio. No dormirse en los laureles, pero tampoco vivir tensos persiguiendo una meta que nunca se acerca. Si una persona no acepta su modo de ser, tiende a proyectarse hacia los demás en cómo le gustaría ser. Como los otros no son tontos perciben que ahí hay algo que no marcha y que la realidad desmiente. Ocurre algo similar cuando alguien se niega a reconocer un error. Pero, aceptarse a sí mismo no es engañarse, ya que al reconocer que se ha actuado mal uno se pone contra uno mismo, pero del lado de la verdad y el bien. Admitir que no se actuó o no se reaccionó bien es el único camino aconsejable para la propia aceptación. El arrepentimiento será siempre algo noble y digno de elogio.

Te quiero por ser quién eres

Esta misma aceptación es la que conviene tener con nuestros seres queridos. Porque querer a alguien sólo por sus cualidades equivale a no quererlo; o quererlo de un modo muy egoísta: eso no es amor, sino su caricatura. Sí, los podemos ayudar a ser mejores, pero no poniéndolo como condición de nuestro amor, sino para que sean ellos más felices. Una manera de hacerlo es la que aconseja el ya nombrado Goethe: tratar a la persona según como ella debiera ser. Por lo mismo, hay que ser muy prudente con el uso del verbo “ser” en las relaciones humanas, ya que el “tú eres” abarca a toda la persona y se fracasa en el intento de ayudarla a ser un poco mejor. En el matrimonio hay que aprender a amar a la persona cómo es y no intentar modificarla a base de reproches o discusiones.

Estas líneas cargadas de esperanza pueden parecer una loa a la imperfección. No es así: se trata de una oda a la sinceridad, al amor más allá de los defectos o imperfecciones, que es la pura y santa realidad. ¡Ánimo! En educación se pueden cometer equivocaciones, pero, reconocidas, nos hacen más amables y queribles. Lo que no debe permitirse uno mismo es ignorar que hay mucho de mejorable en el propio carácter y aceptarlo con sencillez y confianza, poniendo los medios para ir a más.


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