Vivimos siempre juntos, y moriremos juntos



Definitivamente todos los días se aprende algo y muchas veces en el lugar que menos esperas. Así me pasó hace algunos días cuando escuchaba con mi sobrina la música escogida para su boda.

Para bien o para mal, pocas veces ponemos atención a las canciones que escuchamos una y otra vez. Esta vez lo tuve que hacer y me llevé muy gratas sorpresas. En muchas de ellas se habla del amor como el anhelo de todo corazón, un anhelo que sólo se ve satisfecho cuando se encuentra a aquel o aquella con quien se decide compartir la vida.

Escuché hermosas letras pero una en especial llamó poderosamente mi atención, no sólo por estar escrita por un artista que admiro, Nacho Cano, sino sobre todo por la profundidad de su mensaje, la canción se llama “Vivimos siempre juntos”. Les comparto la letra de la canción:


Llenamos el caldero de
risas y salero,
con trajes de caricias
rellenamos el ropero.

Hicimos el aliño de
sueños y de niños,
pintamos en el cielo la
bandera del cariño.

Las cosas se complican,
si el afecto se limita a los
momentos de pasión.

Subimos la montaña de
riñas y batallas,
vencimos al orgullo
sopesando las palabras.

Pasamos por los puentes
de celos y de historias,
prohibimos a la mente
confundirse con memorias.

Nadamos por las olas de
la inercia y la rutina,
con la ayuda del amor

Vivimos siempre juntos, y
moriremos juntos,
allá donde vayamos
seguirán nuestros asuntos.

No te sueltes la mano
que el viaje es infinito,
y yo cuido que el viento
no despeine tu flequillo,

y llegará el momento
que las almas se confundan
en un mismo corazón.

¿Cómo logró Nacho Cano plasmar en una canción la esencia del amor?, ¿posee algún doctorado en humanidades que desconocemos?, ¿es experto consumado del amor?.

La respuesta que encuentro es que el autor refleja en la letra de la canción la esencia natural del amor, con las características que todos en el fondo de nuestras almas sabemos que debe de tener el verdadero amor, ¿quién no ha soñado con encontrar el amor eterno?, ¿con alcanzar la felicidad al lado del ser amado?. El verdadero amor si existe y no es como nos lo presentan los medios de comunicación: un amor de consumo regido por el placer sexual y los intereses egoístas de cada uno.

Llenamos el caldero de risas y salero, con trajes de caricias rellenamos el ropero. Hicimos el aliño de sueños y de niños, pintamos en el cielo la bandera del cariño. A los que han tomado la decisión de casarse hay que decirles que deben tener clara una sola cosa: vale la pena luchar por conservar el amor, que éste vendrá acompañado de una felicidad plena resultado de no haber bajado los brazos, de haber tenido la valentía de combatir el egoísmo y desafiar imposibles que nuestra sociedad de “úselo y deséchelo” ha pretendido imponernos.

Compartir sueños y abrirse generosamente a la vida permitirá a la pareja amarse sin reservas dando cada día todo lo que se tiene y todo lo que se es.

Las cosas se complican, si el afecto se limita a los momentos de pasión. El verdadero amor nos lleva a tomar una decisión: elegir vivir el amor como la entrega total de uno con una de manera fiel, irrevocable y fecunda y aceptar las consecuencias de esa decisión, convencidos de que existe la verdad y la mentira y que no son intercambiables según las circunstancias de la vida. Esto nos dará la certeza de haber apostado toda nuestra vida al número ganador, seremos, por tanto, audaces para comenzar un proyecto de vida común definitivo, valientes para continuarlo sin importar las dificultades y con la confianza de que la “locura” del matrimonio será la llave de nuestra felicidad.

Subimos la montaña de riñas y batallas, vencimos al orgullo sopesando las palabras. Pasamos por los puentes de celos y de historias, prohibimos a la mente confundirse con memorias. A los que toman la decisión de casarse urge decirles que deben tomar conciencia que el amor radica en una decisión, querer amar, más que comprometerse a amar siempre, a lo que se deben de comprometer es a querer amar siempre.

La vida es el producto de nuestras elecciones, casarse es tomar un gran riesgo: ponerte para siempre en manos del otro, sin garantía, no te arrojas al vacío desde un avión sin paracaídas sino a los brazos del otro al que has elegido para compartir la vida.

Sólo así seremos capaces de morir juntos después de haber recorrido de la mano el camino del amor con una profundidad y riqueza que desgraciadamente nuestra sociedad desconoce.

Si nos descuidamos podemos vivir emociones absurdas que distorsionan la verdad y que afectan la comunicación en el matrimonio. “¿Qué sería de un amor que no llegara hasta el perdón?” (Juan Pablo II).

Nadamos por las olas de la inercia y la rutina, con la ayuda del amor. No hay que olvidar que el matrimonio, al igual que cada uno de nosotros, está en un continuo desarrollo, debe de ir creciendo cada día. Caemos en un error si pensamos, que una vez casados, ya no hay que seguir trabajando para que se mantenga la unidad entre los esposos, al contrario el matrimonio es el inicio de un hermoso camino de maduración de cada uno de ellos. Un camino que no se lleva sin esfuerzo. Por eso, los cónyuges están llamados a hacer de su unión una afirmación diaria de la promesa de ser totalmente el uno para el otro.

Vivimos siempre juntos, y moriremos juntos. El matrimonio no es una institución obsoleta en un mundo que exalta la duda y lo desechable como características de la modernidad. Donde se presenta al matrimonio como una opción más, como una sociedad que se constituye y se disuelve según las exigencias del mercado, regido por la emotividad barata y el placer sexual, donde es suficiente “no tener ganas” para darlo por terminado.

Desde el noviazgo hay que preparase para ser fieles y no sólo para no ser infieles, son dos actitudes contrarias. No ser infiel es la mentalidad del “mínimo” en cambio ser fiel exige un compromiso de amor que involucra a la voluntad, al sentimiento, a la inteligencia y al corazón.

Como base de la felicidad está la fidelidad: es decir ser leales a nuestros principios y creencias, perseverar para alcanzar nuestros ideales y firmeza para mantener los criterios de conducta no obstante las circunstancias adversas. Lo que nos salvará de la ola de egoísmo que invade nuestra vida será cuidar el uno al otro en los detalles pequeños de cada día.

Allá donde vayamos seguirán nuestros asuntos. ¡El amor no acaba con la muerte!, ¡parece tan poco una vida para amar al otro!. No es un adiós sino un hasta luego.

No te sueltes la mano que el viaje es infinito, y yo cuido que el viento no despeine tu flequillo. Quien no logra hacer amor de lo ordinario no sabe amar, por eso vamos amando día a día con detalles concretos, con luchas específicas.

Ya no somos tú y yo, somos nosotros, ya no es lo tuyo y lo mío, es lo nuestro, no es vernos el uno al otro sino ver juntos en la misma dirección y al final como dice la canción: y llegará el momento que las almas se confundan en un mismo corazón, porque el amor es como es, podemos decidir amar o no amar pero no podemos cambiar la naturaleza del amor, o es para siempre o no es amor.

“Amar es darlo todo, y darse a sí mismo” nos dice santa Teresa de Lisieux. En otras palabras, cuando lo he dado todo, si no me he dado a mí mismo, no he dado nada todavía.

Nuestra sociedad tiene más necesidad de testigos que de pensadores. Seamos testigos responsables, los ojos del mundo están puestos en nosotros, en los que un día se dijeron el uno al otro: “si quiero quererte a ti para siempre, para siempre, para siempre”.


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María Fernanda Talayero González