¡Mis hijos se pelean todo el día!



Esta frase la repetimos una y otra vez, la mayoría de las veces desesperados, porque no entendemos que es lo que pasa y por lo tanto no sabemos qué hacer para que deje de suceder. Recordemos: ¡hermanos que no pelean no son hermanos!, como en muchas ocasiones se lo hemos oído decir a las abuelitas. Les tengo una excelente noticia: las peleas son normales, con el tiempo y un buen manejo de ellas irán desapareciendo poco a poco. Hablemos de la relación y convivencia de los hermanos para poder entender mejor por qué se dan y cómo debemos actuar ante ellas.

Las relaciones fraternales se dan por un vínculo de sangre (comparten padres) y el de la vida común (comparten el mismo hogar), convirtiéndolas en relaciones más directas, íntimas y espontaneas que se pueden dar entre dos personas.

Es por estos vínculos que en sus relaciones se pueden observar dos sentimientos distintos entre sí, estos son:

La solidaridad dada por la unión que existe entre ellos. Se unen para ayudarse, encontrando protección y amor. Cuantas veces hemos visto a uno de nuestros hijos pelearse con alguien por defender al hermano o ayudarse a solucionar un problema o para obtener un permiso de sus padres, haciendo un gran equipo de negociación ante nosotros.

La rivalidad dada por la competencia que existe entre ellos. Porque cada uno quiere tener su lugar especial dentro de la familia, ser aceptado, comprendido y amado. La cual surge porque viven juntos sin haberse elegido compartiendo padres, casa, cuarto, hermanos, diversiones y muchas cosas más. Es esta la causante de las peleas.

Al aumentar la rivalidad aumentarán los enfrentamientos y esto sucederá cuando nosotros los padres:

-Los ponemos de ejemplo uno al otro.- A ver si aprendes de Ricardo las buenas calificaciones que obtiene.

-Fomentamos los celos por un nuevo nacimiento.- ¡Cuidado con el bebé!, ¡no lo toques se enferma!, ¡lo vas a lastimar!, que lindo es, etc.

-Estamos poco afectuosos o muy ocupados.- El hijo puede sentir que lo poco que le damos al otro se lo estamos quitando a él.

-Los comparamos.- Lucía, tu hermana Marta recogió más rápido las cosas que tú, es que ella es muy obediente. Al compararlos les estamos quitando su identidad y a través de las peleas buscan recuperarla.

-Tenemos favoritos o actuamos como si los tuviéramos, manifestando diferencias en nuestro trato.- Si Toño, el papá, todos los domingos va andar en bici con Luis porque a los dos les gusta mucho y nunca busca compartir una actividad con Arturo como el tenis, porque no le gusta, Arturo se sentirá desplazado. El mensaje que manda Toño; Arturo lo podría interpretar como que Luis es su favorito aunque esto no sea cierto, en realidad sólo le gusta la bici y no el tenis.

-Los etiquetamos o calificamos.- El estudioso, el inteligente, el desordenado, el simpático, etc. Son calificativos que para lo único que sirven es para aumentar la rivalidad entre ellos, porque buscarán ser como el otro sólo para que nos sintamos orgulloso de él.

Por el contrario los padres tenemos que buscar llevar a cabo acciones que disminuyan la rivalidad y con ello las peleas entre ellos. Como por ejemplo las siguientes:

-Valorar a cada hijo, dándole su lugar importante dentro de nuestra familia.- Recordemos que cada hijo es diferente (con sus fuerzas y debilidades) y que es esta diversidad la que enriquece nuestras relaciones y a nuestra familia. Es la que nos permite complementarnos, permitiendo a cada hijo ser como es y sentirse amado por lo que es, logrando el desarrollo de todos los miembros y como consecuencia el de la familia.

-Dedicarles tiempo y espacio especial a cada uno para que todos se sientan amados, aceptados y comprendidos-, no teniendo necesidad de competir entre ellos por el cariño, aceptación o compresión de sus padres, desarrollando su autoestima.

-Buscar que se complementen y que no compitan entre ellos.-
Por ejemplo, si Luisa es buena en matemáticas y Diego en biología enseñarles a pedirse ayuda cada uno en sus debilidades y ayudar al otro, haciendo uso de sus fortalezas. Esto los hará generosos y solidarios, aprenderán a trabajar en equipo. Enseñarlos a pensar en los demás y en sus necesidades. Es decir, Luisa podría ayudar a Diego con lo que no entiende en matemáticas y Diego podría ayudarle a hacer la maqueta del bosque que debe presentar. Enseñándoles a identificar a cada uno sus fuerzas y sus debilidades y fomentando la ayuda entre ellos dejarán de competir y por lo tanto pelearse por este motivo.

En conclusión las relaciones entre ellos son muy diversas: pueden jugar juntos, pelearse, volverse cómplices cuando quieren lograr algo, defenderse, prestarse todo y nada, pero lo normal es llevarse bien. Somos nosotros los padres los que debemos analizar, si lo que hacemos con ellos busca aumentar o disminuir su rivalidad. Es importante recordar siempre que la aparición de las peleas es normal y que con el paso de los años, si estamos haciendo bien las cosas, irán disminuyendo hasta desaparecer. Luchar por mejorar la relación y comunicación entre los hermanos porque qué mejor recompensa podemos tener, que el ver que nuestros hijos son verdaderos amigos.


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Marisol Gómez

hablamosonoscomunicamos@hotmail.com
Blog: marisolgomezg.wordpress.com
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Casada desde hace 24 años, madre de dos hijos, creadora del blog: “El arte de vivir en Familia”.

Además de impartir cursos y talleres de comunicación positiva, comunicación familiar y matrimonio en diversas instituciones, es autora del libro “¿Hablamos o nos comunicamos?”.

Marisol Gómez es una profesional del asesoramiento familiar con un amplio sentido ético que apoya a los padres de familia en el desarrollo de su maravillosa tarea.

Es Licenciada en Administración y Finanzas con un Máster en Educación, con especialidad en Asesoramiento Educativo Familiar, por la Universidad Complutense de Madrid.