Un horario para cada alimento

Los horarios que elijamos para ingerir cada tipo de comida deben estar unidos de forma íntima a la clase de actividad que cada una de nosotras realice durante el día.



Alguna vez has escuchado un dicho que dice… “Desayuna como rey, almuerza como príncipe y cena como mendigo” la verdad es que no creo que este dicho siempre aplique, ya que si realmente tienes un trabajo donde implique una actividad física es muy probable que tu desayuno sea demasiado completo, pero si tienes un trabajo más sedentario, es más probable que te beneficies comiendo bocados pequeños más frecuentemente durante el día.

En general, se aconseja el consumo de fruta o jugo de frutas por la mañana, porque es lo que se digiere más rápido y se convierte en energía casi instantáneamente, algo indispensable para comenzar la jornada. Además, la ingesta de azúcares buenos -como los contenidos en la fruta- evita los descensos de glucemia que provocan las pérdidas de concentración.

Si una persona debe trabajar o estudiar durante el día o la tarde y opta en su almuerzo por un plato con base de proteínas o una combinación muy difícil de digerir, el flujo sanguíneo se ocupará del proceso digestivo y dejará a las células cerebrales funcionando “a media máquina”, además de que propiciará la tan común sensación de pesadez que acompaña a estas comidas. Los carbohidratos, por su parte, comienzan a digerirse en la boca y cuando arriban al estómago ya están procesados, aunque sea de manera parcial. Como demoran menos en digerirse, son ideales para quienes deben mantener alta su actividad mental. Igual, si el trabajo corporal es intenso, son el combustible esencial. Las proteínas son las otras protagonistas en la alimentación humana.

Para algunas personas, la cena suele terminar siendo la comida principal, lo cual podría afectar el apetito por el desayuno. Si esa comida es muy importante en tu casa -por ejemplo, si es el único momento en que la familia se sienta junta- o si solo disfrutas que esta sea la comida más grande, asegúrate de terminarla antes de las 7 o las 8 como máximo. De esta manera, digerirás la comida antes de irte a dormir y tu cuerpo podrá empezar a tener hambre en la mañana.

No consumas carbohidratos por la tarde o noche, ya que en ese momento tu cuerpo tiende a estar más quieto; esas calorías no se gastarán y existe la posibilidad de que se acumulen como kilos de más en diferentes zonas de tu cuerpo.

• Al despertar, carbohidratos: pan, tortillas y cereales, así como frutas, son ideales en la mañana o en la primera mitad del día. Los dulces, antes de las seis de la tarde, alejados de la hora en que te vayas a dormir y con moderación. El azúcar -incluso la de las frutas- es estimulante y si la consumes en la cena puede espantarte el sueño. Además, como los hidratos de carbono son energía pura, si te duermes luego de comer aunque sea una manzana, esas calorías se acumulan sin metabolizarse.

Antes de dormir, proteínas: el mejor momento para consumir carnes, huevos y lácteos es durante la última parte del día, ya que estos alimentos aportan los aminoácidos que precisa el organismo para la regeneración orgánica -proceso de reparación corporal- que se da durante el sueño, y su lenta digestión no afecta las tareas diarias.

Verduras todo el tiempo: hojas verdes, legumbres y todo este tipo de alimentos, por ser la principal fuente de vitaminas y minerales, son adecuados a toda hora.

Grasas: siempre en poca cantidad y de preferencia en invierno. Lo mejor: aceites vegetales puros -sobre todo aceite de oliva- en la ensalada, saludables tanto en el almuerzo como en la cena. Lo peor: las frituras. Resultan perjudiciales marque lo que marque el reloj.

Leche para descansar: Los componentes químicos de la leche ayudan a lograr un sueño tranquilo y profundo.


Tu preferencia es nuestra principal motivación, si te gustó esta nota, ayúdanos a compartirla