El amor matrimonial tiene etapas



El amor comprometido, el amor de dos personas casadas, no es un hecho puntual y estático en la vida de los hombres. Por el contrario, es un estado en desarrollo, que evoluciona y que tiene una trayectoria; es vida vivida. Es por esta razón que el amor siempre pasa por distintas etapas.

Obviamente, en cada matrimonio habrán historias personales, donde influirán diversos factores, controlables unos e inevitables otros. Pero el amor tiene fases por las que de alguna u otra manera todos pasan, y conocerlas es conveniente, pues ayuda muchísimo a fortalecer la relación entre los cónyuges, a entender algunas actitudes que surgen con el tiempo y a acrecentar cada día el verdadero amor.

Primera etapa: Amor enamorado

Es aquel que “asalta” a la persona, es decir, surge ajeno a la voluntad, pues nadie decide de quién y cuándo enamorarse. Es un amor tan centrado en el otro, que la persona enamorada no es capaz de imaginar el mundo sin la persona amada.

Cuando hay amor enamorado hay una conquista diaria, donde cada acto está tan astutamente pensado que no se escapa ningún detalle… la manera de vestirse, de moverse, de hablar. Hay un “estudio” exhaustivo para atraer al otro. El amor enamorado es entonces muy inteligente y perspicaz.

Y por todo lo anterior es que este amor, esa experiencia inicial, debe a su vez ser la meta de la vida matrimonial. Llegar a quererse al final con la pasión del principio es posible. No es cierto que el amor haya de encaminarse con el paso del tiempo hacia un tibio cariño. Por el contrario, ayudados de la voluntad, de la razón que quiere querer, hay que recordar y poner en práctica las tácticas de enamoramiento que alguna vez se usaron para atraer al otro.

El amor enamorado es capaz de instalarse con fuerza y vuelve cada vez que se le llama, cada vez que de manera consciente se le vuelve a poner en práctica. Por ejemplo, con un simple gesto, como mandar un mensaje de texto con palabras cariñosas, o con una esmerada preocupación, como sorprender al otro con su comida favorita.

También para evocar el enamoramiento una excelente aliada es la memoria. Recordar qué los hacía reír, qué cosas los enamoró, las anécdotas de las primeras citas, lo que hacían en las mejores épocas… son preguntas cuyas respuestas no fallan a la hora de reinstalar cuantas veces se quiera y cuando más se necesite en el matrimonio, al amor enamorado.

Segunda etapa: Amor tranquilo

Éste llega con el paso de los años y la principal señal de que se ha establecido es que ya no se siente, con la sola presencia de la persona amada, ni el escalofrío de las primeras veces, ni la emoción, ni la pasión de la etapa primera.

Incluso, por ejemplo, el roce en la mano del otro, es casi como si fuera la propia mano la que nos toca, de manera que ya no es algo distinto ni apasionante. Y aquí está uno de los grandes peligros, pues es muy común confundir esa falta de sensaciones con falta de amor.

Sin embargo, ojo, porque el verdadero amor es ese que justamente ama, a veces sin sentir nada especial y otras sintiendo apasionadamente, sabiendo que es tan amor el primero como el segundo. El amor verdadero no teme al amor sin sentir, pues en ello está la confirmación de que el amor no es una farsa en pos de la propia satisfacción. Es mucho más.

El amor tranquilo se alimenta de todo: de lo positivo y lo negativo, de palabras, necesidades, paseos, discusiones, reconciliaciones, aburrimiento, trabajo, preocupaciones, alegrías… Con todo este material, si uno quiere, sólo si uno quiere, se construye el amor.

Para ello es fundamental:

-Luchar contra la rutina. Es necesaria una actitud especialmente activa y creativa. ¿Cómo? No abandonando nunca los gestos de delicadeza y las costumbres de cortesía. Aprender a romper hábitos, por ejemplo, con una invitación a caminar solos o más simple aún, con saludar al otro cariñosamente cuando llega a la casa.

Sin ejemplos parece algo complicado, pero en el fondo es cosa de proponérselo. Son acciones mínimas que no implican un cambio de personalidad, pero que son tan importantes que hacen del amor tranquilo un verdadero amor.

-Cultivar la lealtad. Esta es la determinación seria, esforzada y continua de preferir siempre al cónyuge.

Por ejemplo, una forma insidiosa de deslealtad es no guardar la expresión de nuestros sentimientos más íntimos para el cónyuge. Así, si se exhibe sin pudor, a los cuatro vientos los defectos del otro, los problemas cotidianos que existen entre ambos, se cae en una deslealtad que atenta contra el amor.

Es también una deslealtad la ironía y la crítica sistemática al otro. Actitudes como éstas no hacen más que pretender hacer al otro responsable de todo lo que sucede. Una recomendación al respecto es la “presunción de inocencia”. Es decir, pensar que aún cuando las acciones del otro estén equivocadas y me hayan hecho daño, supongo que tuvo buenas intenciones. ¿No es éste el trato que quisiéramos siempre tener para uno mismo?

-Darse tiempo. El amor necesita tiempo. La calidad de cualquier relación actúa siempre sobre una cantidad mínima de tiempo que hay que compartir. HAY que buscar la manera y los medios de encontrar momentos para los dos.

-Saber perdonar. Acostumbrarse a perdonar los pequeños tropiezos es la preparación perfecta para cuando se tengan problemas mayores. Hay que perdonar siempre, porque siempre todos queremos y necesitamos ser perdonados.

Tercera etapa: Amor en crisis

Lamentablemente, con mayor o menor extensión, profundidad y severidad, es normal que las crisis lleguen. Y quien diga que no las tiene es porque quizás está pensando en grandes tragedias, traiciones imperdonable o heridas incurables… pero no, las crisis suelen presentarse en forma de hastío y de cansancio.

Marta Brancatisano, experta italiana en matrimonio dice: “El infierno en muchos matrimonios está representado por la desidia cotidiana: la pasta demasiado cocida, los calcetines sucios tirados… Y así sucesivamente, de menudencia en menudencia, hasta construir una red de costumbres que, siendo naturales para uno, acaban siendo asfixiantes para el otro”.

Son procesos normales y, de verdad, no es raro que el amor tome alguna vez la forma de dolor. Por eso, antes de tomar una decisión drástica al respecto, es absolutamente necesario proceder con paciencia, sin precipitarse a matar el amor, porque éste muchas veces está sólo oculto, pero no muerto.

“De hecho, el esfuerzo y las energías que se invierten en la construcción de una nueva relación serían más que suficientes para devolver la vida y el entusiasmo a la ya agotada relación existente”, recalca Marta Brancatisano.

Cómo hacerlo: volver al amor inteligente de la primera etapa, aquel que no desaprovecha ninguna ocasión para conquistar al otro, es la gran solución a la crisis.

Fuente: HACERFAMILIA.NET


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