Ser mamá y trabajar fuera de casa: ¿cómo ganarle a la culpa?



Es importante encontrar un equilibrio entre el tiempo y la calidad que se les ofrece. No se trata necesariamente de compartir largas horas con el chico, sino de poder estar disponibles psicológica y emocionalmente para responder a sus necesidades.

Pasar tiempo junto a los hijos es fundamental. Los niños necesitan un equilibrio entre calidad y tiempo. No alcanza simplemente con estar presente físicamente largas horas. Lo importante es que se encuentren psicológica y emocionalmente disponibles. Atentos a las necesidades de sus hijos para poder decodificarlas adecuadamente.

Es decir, es fundamental la calidad, al menos poco tiempo, pero varias veces al día (sobre todo para los más chiquitos). Esto no quiero decir que los padres deben necesariamente renunciar a todas sus actividades. Al contrario, deben ser capaces de realizar ajustes en su rutina diaria para poder disfrutar tiempo con sus hijos. Para poder brindarle a los hijos tiempo, en calidad y cantidad, es fundamental crear hábitos, acostumbrarse paulatinamente a crear momentos a lo largo del día; no tienen que ser, necesariamente, largas horas. Pueden ser ratos cortos por ejemplo: durante el desayuno, a la tarde/noche y al regresar de trabajar.

Por otro lado, en función de la edad cronológica y del momento evolutivo, los niños dependen en mayor o en menor medida de sus padres. Por ejemplo, al nacer, y durante los primeros meses, depende total y absolutamente de la provisión física, psíquica y emocional de sus padres. Necesitan de ellos para sobrevivir (en todo momento y al 100%). Ellos representan el sostén físico y emocional. Por eso mismo, es fundamental que la madre se encuentre acompañada y se sienta comprendida para que pueda sostener, cuidar y atender adecuadamente a su bebé. Desde el nacimiento, los niños comienzan a imitar a sus padres; luego esa imitación se va transformando en “identificación”, es decir que toman aspectos y características de sus padres y las hacen suyas. Los vínculos humanos se construyen en presencia, estando en los pequeños detalles y en la diaria del niño. En el día a día.

Es importante que los niños sepan que cuentan con sus padres, que si algo les sucede ellos están ahí para escucharlos, para enseñarles, para protegerlos. Considero que durante esos momentos es importante escuchar a los hijos, mirarlos a los ojos, estar disponibles para ellos, generando una verdadera conexión, disfrutando de la relación. Para ello es fundamental elegir momentos oportunos y favorables tanto para el adulto como para el niño.

La culpa

Otra pregunta que suelo escuchar en las consultas es en relación a cómo puede una madre que trabaja superar las culpas de dejar a su hijo solo. Antes que nada, es esencial asumir la responsabilidad de las decisiones que se toman. Si la madre decide trabajar porque lo necesita, y dicha situación le genera cierta sensación de culpa, trabajar sobre ella, elaborarla para que no interfiera en el vínculo con el niño.

Es verdad que los tiempos han cambiado: existe un nuevo modelo familiar, en el cual ambos padres trabajan y se ocupan de la casa y de los hijos. Claro está, que por razones laborales, muchas madres están cada vez más horas fuera de la casa, dejando a sus hijos al cuidado de otras personas. Los tiempos son cada vez más cortos y las agendas se encuentran más sobrecargadas, repletas de exigencias y compromisos. Con ello no me refiero solamente a las agendas de los padres, sino también a la de los chicos, ya que las actividades extra curriculares han aumentado enormemente. Los chicos “ya no se aburren”, siempre tienen que estar conectados o entretenidos con alguna actividad extra curricular. De hecho, al estar aburridos, pueden crear juegos, usar su creatividad y desplegar sus recursos y habilidades.

Debemos darle el espacio para que puedan explorar el mundo, aprender y divertirse. La infancia es la etapa para que los chicos jueguen y aprendan a vincularse con otro. Por ello, lo importante es intentar elegir momentos adecuados, oportunos, y hacerlo libremente con el fin de disfrutar ese espacio único e irrepetible con el niño, desarrollando un vínculo profundo, pero no a partir de sentimientos de culpa por no estar en casa. Además, cabe aclarar que una madre que se siente culpable suele equivocarse a la hora de educar y poner límites. Por ejemplo, puede resultar excesivamente permisiva en algunos aspectos con el objetivo de suplir su ausencia.

Es fundamental estar emocionalmente presente, cerca de los hijos, valorando cada momento, aprendizaje y logro, y escucharlos atentamente. Es decir, acompañarlos en su crecimiento, ya que cada etapa evolutiva es impostergable e irrepetible.

A la vez, creo que lo primordial es registrar ese sentimiento de culpa. Las madres deben resolver, en su interior, la culpa que les genera el tener que trabajar. Tienen que intentar elaborar ese sentimiento para que no se interponga en el vínculo con sus hijos. Muchos padres, al sentirse mal por no estar con sus hijos el tiempo que desearían, se relacionan con ellos a partir de la culpa. Entonces, con tal de agradar y suplir los períodos de ausencia muchas veces los padres no establecen pautas o límites claros. A todo lo que sus hijos desean les dicen que sí, para que no se enojen.

No olvidemos, que limitar significa ordenar, marcar espacios y tiempos, diferenciar el mundo infantil del adulto. Aclaro esto ya que la falta de límites genera desorden, desorganización y caos a nivel mental. Los límites, en líneas generales, deben ser adecuados a la etapa evolutiva, pensados y consensuados por ambos padres, coherentes y firmes.

¿Y si me quedo todo el día en casa?

Por otro lado, cuando las madres concurren al consultorio y me preguntan hasta qué edad es recomendable permanecer todo el día en casa con el hijo destaco la importancia de que ellas mismas también tengan sus propios espacios y tiempos. Un equilibrio entre ambos.

-Si se pudiera elegir, durante el primer año de vida del niño, la presencia de la madre es fundamental. Los bebés necesitan a su principal figura de apego, y no es lo mismo ella que una niñera o una abuela.

-Durante el segundo año, el niño puede comprender un poco más y tolerar que su madre se ausente algunas horas durante el día, mientras él o ella se queda con alguien conocido (por ejemplo: su abuela). Es clave que los padres vayan alargando, paulatinamente, los períodos de separación, es decir que no sea algo abrupto. Una vez que lo hacen intentar tomarse el tiempo necesario para la adaptación. A la vez, tienen que estar emocionalmente presentes antes y después del período de ausencia.

-A partir de los tres años, aproximadamente, es el momento en el cuál los niños ya pueden pensar y luego evocar a su mamá cuando se encuentran lejos. Confían en que su madre va a volver ya que tuvieron experiencias gratificantes. Entienden que su madre se encuentra en otro lugar, pero que volverá con ellos. También se encuentran listos para comenzar el jardín de infantes.

En la práctica clínica diaria, suelo escuchar el deseo o la necesidad de los padres por “ser perfectos” y el temor a equivocarse o a no ser buenos padres. Considero que no existe “la crianza perfecta”, ni los “padres perfectos”, ya que se aprende a ser padre cuando uno tiene un hijo, día tras día, atendiendo sus necesidades y acompañándolos en su crecimiento. Creo que lo más importante es brindarles a los hijos disponibilidad afectiva en calidad y cantidad de tiempo teniendo en cuenta la edad cronológica. Cuando las madres regresan de trabajar es importante que se involucren en la rutina de sus hijos, intentando dejar de lado las preocupaciones laborales.

Fuente: Lic. Lucía Donovan del Instituto Sincronía, especialistas en estrés, ansiedad y emoción.


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