Así se acaba el amor en la era digital



Lo último en rupturas es aséptico, quirúrgico, tecnológico… e igual de doloroso que siempre. ¿Nos hemos vuelto más cobardes o solo adictos a los emoticonos?

Tal vez recuerdes aquellos tiempos, a finales del siglo XX, cuando nos escandalizamos porque el chico de Carrie Bradshaw, la protagonista de ‘Sexo en Nueva York’ y entonces nuestra heroína suprema, había cortado con ella con un post it. ¡Un post it!, gritaba ella. ¡Un post it!, gritábamos todas ante lo que considerábamos la máxima muestra de cobardía y frialdad.

¡No sabíamos lo que se nos venía encima! Y aquí hemos llegado: hoy, romper con un post it nos parece un acto de romanticismo extremo: ¡una pieza de papel escrita a mano y pegada en la puerta de la nevera! Lo siento, no puedo. No me odies, decía. ¡Qué nostalgia! Ese post it equivale hoy a una carta manuscrita de 10 folios, perfumada con pétalos de rosa. Porque tengamos en cuenta que estamos en la era de la ruptura digital: aséptica, tecnológica, quirúrgica y barata.
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Tres meses después del intercambio de mensajes de arriba (por llamarlo de alguna manera), la susodicha conversación sigue pendiente. ¿Se puede considerar a esto una ruptura? El asunto daría para horas de debate y, seguramente, es lo que habrá hecho la parte abandonada.

Según los expertos, esta es la peor versión de una ruptura. La ambigüedad deja a una de las partes colgada y esperando. Le vendría mejor un cierre, un portazo, un final claro y estruendoso que no dejara fisuras ni espacio para falsas esperanzas.

Pero en el mundo digital el vínculo es tan laxo que ni siquiera hay que hablar y menos mirarse a la cara. Por si fuera poco, todavía queda una prestación más: la ambigüedad permite volver a abrir una puerta que, en realidad, no ha sido nunca cerrada del todo.

Al parecer, los sujetos modernos, es decir nosotros, vivimos obsesionados por las conexiones y temerosos de las ataduras. Según afirma el sociólogo Zygmun Bauman en su libro ‘Vida de consumo’ (Fondo de Cultura Económica, 2007), amamos las redes sociales, internet y la mensajería electrónica porque llegan con un dispositivo de seguridad incluido: La posibilidad de desconexión instantánea, inocua y (eso se espera) indolora.

Una reciente encuesta realizada a 1.500 personas por el portal de citas SingletonSearch reveló que el 54% había roto con su pareja (no se contaron rollos de menos de tres meses) a través de dos aplicaciones móviles de mensajería: Whatsapp o Line. ¿Las ventajas? Evitar el mal rato, abstenerse de dar la cara, minimizar el riesgo de enfado y chantaje emocional, y ahorrarse las presuntas lágrimas de la parte abandonada.

“No te merezco”

Aquellas frases tan socorridas para las rupturas como “No te merezco”, “No eres tú, soy yo”, “Eres muy buena para mí”, “Me pillas en un mal momento” o incluso “Esto me duele más a mí que a ti” -frases que, por cierto, aligeran de culpa al que se va y dejan sumido al otro en la confusión-, se resumen ahora con unos puntos suspensivos en Whatsapp, una no respuesta y, como mucho, el emoji del corazón roto. Unos códigos que ya todos damos por buenos porque la tecnología no es nada ambigua. Si envías un mensaje por cualquiera de las plataformas disponibles, sabrás exactamente cuando ha sido recibido y leído. Si no hay respuesta es porque alguien deliberadamente así lo ha decidido.

Antes de llegar a este punto, pasamos por la fase intermedia de cortar por teléfono, una etapa ya superada. En una relación moderna, una llamada es un suceso exótico que suele ser portador de malas noticias. La psicóloga Isabel Larraburu cree que dejamos de llamar porque ahora prima la economía del tiempo: “Un mensaje es una comunicación diferida, breve y telegráfica, que permite ir al grano, ahorrarte el saludo o los preámbulos del asunto a tratar”.

Sin embargo, lo curioso es que, por breve, concisa y digital que haya sido la ruptura, no hay garantías de que la recuperación sea igual de rápida. Más bien todo lo contrario.
Los mensajes de texto son armas de destrucción masiva. Las penas de amor en la era digital parecen alargarse más de la cuenta. Y la primera razón es bastante lógica: si no ha habido un cierre claro, siempre habrá una de las partes esperanzada y dispuesta a agarrarse a un clavo ardiendo.

Una circunstancia similar a las rupturas analógicas. Pero cuando sí ha habido un mensaje de texto de ruptura (o de semi ruptura), dichas líneas, casi siempre breves, en ocasiones mal redactadas y hasta con alguna falta de ortografía, se convierten en un instrumento de autotortura que se lee una y otra vez para intentar desentrañar un significado oculto que ayude a entender qué ha pasado. Ese mensaje suele ser reenviado para el escrutinio de las amigas y se convierte en un auténtico objeto de estudio durante una temporada.

“Un mensaje de texto enviado en la distancia puede alimentar nuestra imaginación a punto de volverla nuestra peor enemiga”, explica Bruno Humbeeck, autor del libro Un chagrin damour peut aider á grandir [Un corazón roto puede ayudarte a crecer, sin traducción al español] y añade: “El mensaje tiene una doble desventaja, por un lado es volátil y, por otro, deja al que lo recibe con la percepción de ser un alma despreciable que puede ser eliminada de un plumazo con un mensaje de Whatsapp”.
Sangre fría y contención.

Además, a estas alturas, es imposible no ir dejando rastro digital allá donde vamos. Así que, por mucho que el otro quiera desaparecer, siempre podrás encontrarlo en el mundo virtual. Ojos que no ven, Facebook que te lo cuenta, escribió la psicoanalista Mariela Michelena en su libro ‘Me cuesta tanto olvidarte’ (La Esfera, 2012). Para ella, después de una ruptura, Facebook se convierte en el gran escaparate de la exclusión donde podrás ver cómo sigue la vida de tu ex sin ti. Pero, además está Instagram, Twitter, Skype…

Porque otra característica de las rupturas digitales es que, por si fuera poco, la parte abandonada debe abstenerse de hacer pataletas en público, y la peor de ellas puede ser eliminar a la antigua pareja de Facebook, Twitter, Instagram, de lo más extremo que se puede hacer en términos de despecho digital.

Si en el siglo XIX los héroes románticos morían de tuberculosis frente a un lago, ahora suelen languidecer de pena en internet, contemplando el perfil de una red social sin atreverse a intervenir. Los efectos de Facebook en las rupturas fueron estudiados en la Brunel University de Londres y los resultados mostraron lo que sabíamos: acechar el perfil de tu ex retrasa la recuperación. La psicóloga Tara C. Marshall escribió en sus conclusiones: Evitar la exposición on line y off line es el mejor remedio para un corazón roto.

Como vemos, las rupturas digitales requieren de sangre fría, inteligencia y estrategia. Quizás lo más importante (y más difícil) es identificar el momento en que la relación hace aguas. ¿Cómo saberlo? ¿Cuando te dejan colgada en Whatsapp mientras ves como el objeto de tu deseo sigue conectado y on line? ¿Cuando una semana después tu pregunta sigue sin ser respondida? ¿Cuando te envían los puntos suspensivos? ¿Cuando te mandan el clásico mensaje: “Ya, si eso te llamo” o “A ver si quedamos”. Solo ten en cuenta que la única regla universal de las rupturas digitales es la velocidad. No hay que esperar demasiado.

Fuente: www.mujerhoy.com


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