La adicción al celular y sus derivadas



La fiebre por bautizar estados de ánimo, conductas o, en los casos más graves, trastornos propiciados por las nuevas tecnologías o modernos canales de comunicación parece no tener techo.

“Detectamos problemas que ya existían muchos antes, pero que hoy pueden agudizarse con el uso de esos nuevos canales de información y comunicación”, recalca José María Martínez-Selva, catedrático del Psicobiología de la Universidad de Murcia.
“El término trastorno tal vez sería más adecuado que enfermedades”, coincide el psiquiatra Facund Fora. Y lanza un mensaje tranquilizador: “No deberíamos llegar a preocuparnos, porque no va a haber una epidemia de problemas, pero eso no quita que debamos de tener muy presente que la forma en que nos relacionamos con las nuevas tecnologías es un tema al que hay que prestar cada día más atención”. Llegados a este punto Sara Velasco considera “que lo importante es recalcar el hecho de que la mera existencia de estos adelantos, que tanto nos favorecen, nos facilitan la vida y derriban barreras, no son sinónimo de peligro, pero sí puede generar problemas en la conducta de las personas si se hace un uso inadecuado de los mismos”.

Los trastornos severos raras veces llegarán, por lo tanto, por el impulso de mirar constantemente el teléfono aunque no se espere ninguna llamada ni mensaje importante, ni por la ansiedad momentánea que puede generar olvidar coger el aparato cuando se sale de casa. “Los trastornos severos se constatan cuando hablamos de tecno-adicciones, que van en dos sentidos. Uno es la adicción a videojuegos en adolescentes y adultos jóvenes, que sí es una realidad nueva. Y el otro es el trasvase a la red de adicciones de toda la vida, las llamadas “adicciones sin sustancias”: a los juegos de apuestas, al sexo o compras compulsivas. Internet las fomenta porque disminuye las barreras y facilita estos comportamientos al no existir por ejemplo límites de tiempo o distancias que recorrer para conseguir algo”, alerta José María Martínez-Selva.

Estas situaciones relatadas por el catedrático de Psicobiología de Murcia nada tienen que ver con el uso natural y cotidiano del teléfono móvil por millones de ciudadanos. Aunque esa “literatura de fantasía” a la que se refería Facund Fora puede llegar a generar preocupación entre los usuarios. Ferran Lalueza lo explica con un ejemplo: “Si estoy esperando una llamada importante y en algún momento, equivocadamente, me parece escuchar el timbre de mi móvil o incluso creo sentirlo vibrar en el bolsillo de mi americana, de entrada esta percepción errónea no me genera preocupación alguna. En cambio, cuando alguien alude al PRS (phantom ringing syndrome) o al PVS (phantom vibration syndrome), empiezo a asustarme, incluso sabiendo que dos tercios de los usuarios de móvil hemos experimentado alguna vez esta sugestión sensorial”.

Sara Velasco insiste en que las nuevas tecnologías “sólo son dañinas si se hace un mal uso de las mismas”. Y en esa comunidad de la comunicación instantánea por esos canales lo que más preocupa actualmente a esta psicóloga es “visualizar un mundo donde tanto jóvenes como adultos, no se comunican cara a cara, donde ya no se llama por teléfono, donde nos disfrazamos en internet para ser quien queremos ser, donde ‘amigo’ se contabiliza en las redes sociales”.

A Martínez-Selva también le preocupan casos, que él ha diagnosticado, de personas que sufren estrés laboral porque son incapaces, al estar siempre en línea, de desconectar de sus trabajos. O problemas de sueño de menores y adolescentes que pasan horas ante una pantalla. El psiquiatra Facund Fora revela, por su parte, que “en las consultas vemos cada vez más jóvenes que están sustituyendo la vida social real (salir, pasear, tomar algo, hablar, practicar alguna actividad¿) por una vida virtual: se pasan horas en las redes sociales o jugando o viendo series, en detrimento de una vida familiar y social saludable”. Son los casos más extremos, por los que sí hay que preocuparse.

Y así lo recalcan estos expertos en psicología y adicciones. El mal uso de esos nuevos canales de información y comunicación puede generar conductas desadaptativas. “Serían aquellas que limitan a la persona cuando le impiden relacionarse de manera funcional y saludable con su medio, cuando le resta tiempo para lo que antes era importante, cuando la merma en sus responsabilidades, cuando esa nueva tecnología se convierte en una obsesión y ocupa la mayor parte de su tiempo”, indica Sara Velasco.

Ferran Lalueza no niega, por su parte, que “las nuevas tecnologías están alterando nuestro comportamiento, ni que sea por el hecho de que nos abren posibilidades hasta ahora inexistentes. Modifican nuestra forma de comunicarnos, de relacionarnos, de aprender, de trabajar, de informarnos, de divertirnos…”. Pero considera que, “si cada vez damos más cancha a la tecnología para desarrollar las actividades que llevamos a cabo, será que asumimos que los beneficios que nos aporta superan con creces los potenciales daños colaterales que puedan generar”. Este profesor de Comunicación de la UOC no cuestiona, quiere dejar claro, “la conveniencia de tomar conciencia de los riesgos asociados a ciertas prácticas y de potenciar su prevención”. Pero lo que no puede compartir, asegura, “es caer en el alarmismo permanente”.

El psiquiatra del Centro Médico Teknon Facund Fora recuerda que “las obsesiones y las adicciones ya se daban en tiempos prehistóricos. Con las nuevas tecnologías cambian, simplemente, los medios y las formas. Por tanto, vamos a ir viendo nuevos problemas o trastornos en relación al uso de las nuevas tecnologías que vayan surgiendo pero, en el fondo, nada ha cambiado desde hace miles de años, cuando alguien descubrió que la necesidad de estar mascando o fumando hojas le impedía salir a cazar con el resto del grupo o vigilar la cueva en la que vivían. Con el tiempo van cambiando las necesidades, pero no las personas ni lo que somos”. Así que etiquetar de inmediato todas las nuevas conductas que van surgiendo no parece ser la mejor receta para prevenir comportamientos hasta ahora desconocidos.


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