¡Mi hijo pega mucho! ¿Qué hago?



Tiene un significado

Todos los niños pegan alguna vez. Y es normal que lo hagan, porque la agresividad es una inclinación básica del ser humano que forma parte del instinto de conservación necesario para sobrevivir. Pero que sea normal no quiere decir que no debamos enseñarles a manejar su emoción y controlar su reacción. Y para lograrlo hay que diferenciar entre la agresividad típica de cada fase de desarrollo y otra que debe preocuparnos.

En cada etapa de la infancia

La capacidad de demostrar enfado está presente en el niño desde el nacimiento.

De 0 a 1 año. Un bebé al que no se alimenta a tiempo llora con tristeza y también con enfado. No podemos hablar de agresividad, pero hacia los 9 meses puede aparecer la auto-agresión: el bebé se da cabezazos contra la pared o se pega a sí mismo, por frustración y nervios.

De 1 a 2 años. Se enfada cuando no logra algo que quiere y vive sus primeras rabietas. Puede pegar a sus padres o a otro niño, pero lo hace por frustración, no para dañar (aún no distingue entre él mismo y otra persona).

De 2 a 4 años. La agresividad ahora es intencionada, su objetivo es hacer daño. De hecho, a partir de los 3 años ya se puede decir que un niño es pegón o agresivo si se comporta así.

De 4 a 5 años. Sabe que pegar no está bien. Puede exteriorizar su agresividad o interiorizarla (en este caso el enfado puede esconderse tras retrocesos en su desarrollo, tristeza, trastornos del sueño o problemas de control de esfínteres).

¿Por qué actúa así?

Partamos de una base: todos los niños, cuando son pequeños, se expresan mediante el lenguaje corporal; si están enfadados dan patadas, tiran objetos, muerden, pegan… porque no saben explicar con palabras qué les pasa.

A partir de aquí, es cierto que el temperameto innato influye en que el pequeño sea más o menos agresivo. Y que hay factores que pueden potenciar la agresividad propia de la edad.

Educación sobreprotectora. Todo niño tiene afán por ser autónomo y se frustra cuando no le dejan serlo. Y al mismo tiempo, si le sobreprotegemos para evitarle disgustos no desarrolla la tolerancia a la frustración. También una educación autoritaria u otra demasiado permisiva, en la que nadie le pone ningún límite, acaba frustrándole y enfadándole.

Hechos que le generan inseguridad. Como la llegada de un hermano, la separación de sus padres, el inicio de la guardería o el colegio…

Poco contacto con los padres. El niño se siente solo y se porta mal para lograr atención.
También hay trastornos que tienen la agresividad como síntoma. Es el caso del trastorno negativista desafiante, la hiperactividad…

Compréndelo y enséñale

El primer paso es ponerte en el lugar de tu hijo para entender la causa de su enfado y su reacción y poder encauzar su conducta. Por ejemplo, si en una reunión familiar tu niño de 24 meses pega a otro sin motivo aparente, quizá se deba a que le gusta el juguete que éste tiene y no comprende que no puede arrebatárselo sin más, o quizá sea que se siente inseguro y abrumado por la aglomeración de personas (es frecuente a esta edad). Ante comportamientos de este tipo…

Desaprueba su conducta, pero no al niño. En vez de decirle “eres malo” puedes decir: “no quiero que pegues”. Acto seguido desvía su atención hacia otra cosa. A partir de los 30 meses, ya puedes enseñarle a pedir perdón.

Traduce su emoción en palabras, diciéndole algo como: “Entiendo que estás enfadado”. De esta manera calmas su estado anímico.

Evita ser agresiva con él. Si le das un azote porque ha pegado, no entenderá que le prohíbas lo que tú haces. Es esencial que siempre soluciones los conflictos con palabras.

Adviértele una o dos veces. Y si vuelve a pegar, aplica la pausa obligada: sácale del lugar, llévale a un terreno neutro (el pasillo) y déjale allí un minuto por cada año de edad. Puede que tenga una rabieta, pero mantén tu límite.

Si tu hijo se pelea con un amigo o hermano, no busques al culpable. Permite que los dos te cuenten a su manera lo ocurrido y transmite a cada uno lo que siente: “Entonces, tú te enfadaste, ¿verdad? Y tú te sentías engañado”. Diles a ambos que no está permitido hacerse daño y proponles alguna estrategia para que puedan seguir jugando felizmente.

No des mucha importancia a sus arrebatos de enfado, elógiale más por sus conductas buenas. Así evitas que su agresividad se convierta en una manera de obtener atención.

No dejes que vea películas violentas. Los estudios demuestran que ver escenas violentas aumenta la agresividad en los niños porque las copian (hacen lo mismo con las conductas altruistas y positivas que observan).

Una tarea diaria

Estas pautas previenen la agresividad.

Toma en serio lo que siente y enséñale a nombrarlo (miedo, rabia…). A la larga sabrá explicártelo.

Léele El imaginario de los sentimientos (SM) o Tom se enfada (Ed. La Galera).

Llévale al parque a diario. Necesita espacio para liberar energía.

Déjale decidir en lo que sea posible (baño o ducha; jugar o mirar un cuento…). Sentirse autónomo le relaja.

Escoge bien el momento para hacer con él cosas que le frustran (ir a comprar).

A partir de 3 años…

El niño ya se expresa mejor verbalmente y va controlando sus impulsos, así que la fase de pegar suele acabar. Si a tu hijo no le ocurre, aplica alguna de estas dos técnicas:

Como la tortuga. Cuando se enfade, anímale a imitarla y “meterse en su caparazón”: dile que pegue su barbilla al pecho, rodee su cuerpo con sus brazos apretando los puños, cuente 10 y suelte.

¡Libera enfados! Puede desahogar la rabia dando golpes a una pelota de tela o a un cojín, chutando un balón de plástico…

Fuente: www.crecerfeliz.es


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