Cómo hablar para que nos escuchen



Adele Faber y Elaine Mazlish son dos expertas en habilidades de comunicación entre adultos y niños y uno de sus libros más vendidos es “Cómo hablar para que los niños escuchen, y cómo escuchar para que los niños hablen”. Tal como anticipa el título -en el idioma original How to Talk So Kids Will Listen and Listen So Kids Will Talk– el libro es una reflexión acerca de la forma en que hablamos, la manera en que armamos las frases, el estilo de comunicación que usamos los adultos y que no siempre cooperan a la meta de acercarnos a los niños, tratar de que ellos se expresen y también comprendan nuestro punto de vista. La verdad es que no pocas veces lo único que logramos es espantarlos.

El libro está hecho de ejemplos de diálogos que funcionan y otros que no, viñetas de situaciones simbólicas y ejercicios donde los padres deben rellenar. Por ejemplo, anotar cuál sería nuestra primera reacción ante una frase de un hijo. El objetivo de las autoras es que el libro ayude a los padres a darse cuenta de cómo se comunican con sus hijos y qué habilidades necesitan fortalecer; cada uno a su manera y según cómo son sus hijos y la relación con ellos.

Constanza Silva, psicóloga clínica del Centro de Salud del Adolescente Ser Joven, explica que es fundamental que los adultos nos esforcemos por ser conscientes de cómo estamos hablándole a nuestros hijos. Esto, tomando en cuenta la etapa de desarrollo en que ellos están. “En la primera infancia, por ejemplo, los niños aún no tiene su pensamiento abstracto desarrollado, por lo que la relación con su ambiente es mucho más concreta y centrada en el aquí y el ahora. Por eso es importante que al hablar con ellos seamos lo más claros posible y les demos ejemplos de lo que estamos diciendo. Una frase como “Mira, si tú te acercas a la estufa, te puedes quemar tu manita… Aquí”, tocándole la mano; funciona mucho mejor que decir “¡Ten cuidado!”, dice la psicóloga.

En esta etapa de pre-adolescencia los niños están buscando la manera de expresar sus sentimientos y las dificultades para hacerlo pueden aumentar su angustia y desregulación emocional. En línea con el libro de Faber y Mazlish, la especialista de Ser Joven dice que una buena práctica es utilizar preguntas abiertas del tipo ¿cómo te sientes?, ¿cómo pudiste resolver esta situación?, ¿cómo estudiaste para que te fuera así de bien? “Siempre debemos enfocarnos en detectar y rescatar los aspectos positivos y no focalizar en lo que no han hecho bien. En este último caso es importante hablar con los niños y jóvenes sobre estas situaciones de manera abierta y construir con ellos una manera “mejor” de resolver una determinada situación”.

Propiciar que los niños participen de la solución o reflexionen acerca de si es realmente rabia lo que sienten contra su compañero, es algo funcional a la etapa en que se encuentran. La psicóloga explica que ellos necesitan ser partícipes de sus aprendizajes; ello fomenta su autonomía y el desarrollo de un criterio que les permitirá poder dar cada vez mejores respuestas a las situaciones que vayan enfrentando. Por lo tanto, pretender una escena donde los padres exponen instrucciones y el niño obedece no sólo sería iluso, sino que muy perjudicial.

Otra arista importante y que ayuda a encontrar la mejor manera de comunicarnos con un niño en particular, es tener como máxima que debemos tratar a nuestros hijos con el mismo respeto que queremos que ellos tengan hacia nosotros. Primero que nada, porque los niños merecen ese respeto y, también, porque ellos están aprendiendo de nuestro ejemplo. Constanza Silva cuenta que es bastante común que los niños y jóvenes cuestionen a los padres con situaciones como “Con qué cara mi papá me dice que hable en la mesa y participe más en la familia si él, cuándo llega a la casa, se va directo a acostar y ver tele”. Sería un doble mensaje que un preadolescente no deja pasar.

Cómo lograr que los hijos nos escuchen

Cuando el niño hable, debemos mirarlo y prestarle verdadera atención. A todos nos desalienta alguien que sólo finge escuchar.

Antes de comenzar a dar consejos, respuestas filosóficas o hacer preguntas, asegurémonos de que el niño se exprese. Un sutil “ahhh ya veo” le demuestra que está siendo escuchado y que puede continuar sin apuro.

Permitirle que sienta lo que está sintiendo. Si el niño dice que es lo peor que le podría haber pasado, en ese momento ésa es su verdad. Un “Qué exagerado. Cómo puede ser que le des tanta importancia”, es lo que no debemos decir.

Si el niño nos dice “Te odio” o “Para qué me trajiste al mundo”, no tomarlo a lo personal. Responderle que nos duele que diga esas cosas y preguntarle si está enojado por algo que tenga que ver con nosotros o en que lo podamos ayudar.

Decir lo justo y necesario; evitando repetir discursos. “Niños: pijamas”, puede ser más que suficiente.

Nunca burlarse de ellos.

Algunos básicos para una buena comunicación

    – Niño: Este programa de televisión estuvo muy aburrido.

    – Mamá: No es verdad, estuvo muy interesante.

    – Niño: Fue estúpido.

    – Mamá: Fue educativo.

    – Niño: Apestaba.

    – Mamá: ¡No hables así!

¿Se dan cuenta de lo que está sucediendo? Una conversación se puede convertir en discusión por la manera en que hablamos. Además, la madre no se da cuenta de que con ese diálogo está anulando la perspectiva del niño.
Siguiendo a las autoras, sería buena idea un diálogo de este tipo:

    – Niño: Este programa de televisión estuvo muy aburrido.

    – Mamá: ¿Eso piensas? ¿Y por qué te pareció aburrido?

    – Niño: Porque sólo mostraban a un señor recorriendo una ciudad y no pasaba nada.

    – Mamá: En realidad no tenía mucha acción el programa, pero lo que pretendía era mostrarnos lo bonita de esa ciudad tan lejana. ¿Te pareció bonita?

    – Niño: Sí, era bonita. Pero igual encontré que el programa podría haber sido más entretenido.

    – Mamá: En realidad; seguro podría haber sido aún mejor.


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