¡No discutas frente a tus hijos!

Aunque no lo creas, en las primeras edades, los niños también perciben lo que sucede a su alrededor y poco a poco van desarrollando la sensibilidad para distinguir entre un ambiente familiar tenso o armonioso.



Los niños son muy receptivos a todo lo que ocurre en su ambiente familiar, especialmente en lo que se refiere a las emociones de sus padres. No en vano dependen de ellos, que son su guía y su punto de referencia.

Durante los primeros meses de vida, un ambiente de discordia y conflicto permanente los condiciona hacia un futuro de inestabilidad y ensimismamiento. Las broncas y las malas maneras les impiden alcanzar la confianza básica necesaria para sentirse bien en el mundo.

Del primer al segundo año, el niño aprende a confiar y a sentirse valorado. Y sólo lo logra si sus padres atienden su necesidad de vivir en un ambiente seguro y acogedor.

Si las discusiones siguen siendo muy habituales cuando es más mayorcito, condicionarán su manera de actuar y de relacionarse. Y es que la imitación es la clave del aprendizaje en todo el proceso de desarrollo.

El niño copia de sus padres el estilo afectivo y de comportamiento, de modo que según haya vivido su infancia, así será su actitud ante el mundo. Todo esto debería animarnos a revisar periódicamente el modelo de funcionar que ofrecemos a nuestros pequeños.

En los escolares es usual que haya un comportamiento agresivo y rebelde en el colegio, tal como peleas con los compañeros, desacato de las normas y fracaso escolar; pero en casa su conducta es opuesta, se muestran apáticos.

En los adolescentes las reacciones son diferentes, como es propio de esta edad lo usual es que se muestren indiferentes y prefieran la evasión, refugiándose en actividades que sirvan de escape: chat, salidas con amigos, alcohol, música, entre otras.

Ante este tipo de reacciones, los padres muchas veces llevan los niños al psicólogo, como si fueran problemas de los pequeños, y finalmente uno se da cuenta que las disfunciones son de la familia; y a veces ni si quiera de ésta, sino de la pareja en particular.

De modo que en todas las edades, las peleas reiterativas de los padres son perjudiciales para el desarrollo emocional de los hijos, tanto que en algunos casos pueden provocar huellas difíciles de borrar.

Las discusiones forman parte de la vida de las parejas. Y es natural: compartir las dificultades, las decisiones más trascendentales (laborales, económicas…) y la educación de los hijos plantea inevitables conflictos cotidianos y facilita el hecho de que las diferencias de criterio afloren.

Sin embargo, lo que realmente daña la relación y la estabilidad emocional de la familia no es el conflicto en sí, sino el mal manejo que hacemos de él (protestar por nimiedades, dejarnos llevar por el nerviosismo, discutir delante de los hijos…).

Muchas parejas se preguntan sorprendidas por qué, aún queriéndose mucho, no pueden evitar enzarzarse en discusiones por tonterías (una toalla tirada en el suelo, quién maneja el control remoto de la televisión…). Basta con que uno diga algo y el otro opine lo contrario para acabar tirándose los trastos a la cabeza, sin reparar en la presencia del niño.

Aunque en principio no lo parezca, ser flexibles y aportar diferentes puntos de vista en la relación y es positivo para nuestros hijos, siempre y cuando lo hagamos de una manera relajada y pacífica.

Ya sabemos que no es fácil discutir sobre las diferencias con serenidad y mucho menos lograr pactos equitativos, pero debemos poner todo nuestro empeño en procurarlo y para ello es básico que tengamos una actitud de ceder cada uno un poco en nuestras posiciones, para llegar a una que será diferente de las dos y que será la común, la de ambos.

Además, debemos esforzarnos en quitar hierro a los asuntos banales y centrarnos en los temas que son realmente importantes y que precisan del acuerdo sereno y tolerante de los dos, como los criterios de educación que vamos a seguir con el pequeño.

Antes de reprochar, descalificar e incluso, en el peor de los casos, insultar al otro, debemos conceder un tiempo de reflexión individual para intentar descubrir qué nos está ocurriendo y si tiene que ver o no con la pareja. Tal vez tengamos problemas ajenos a nuestra relación que nos estén minando, pero en el fondo, y a pesar de tanta discusión, nos seguimos queriendo como siempre.

Después de haber recapacitado cada uno por separado nos resultará mucho más sencillo encontrar un buen momento para comunicar las cosas de una manera clara, pero sobre todo sin ofender ni hacer daño al otro.

Puede costar dificultad en un primer momento, pero con esfuerzo seguro lo lograrán, ¡todo vale por nuestros hijos!


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