Así puedes enseñar a un niño a meditar

Está comprobado que los niños que practican la meditación son más pacíficos y seguros, tienen una autoestima más elevada.



A nivel somático se regulan mucho más todos su órganos, sus capacidades cardiovasculares y su desarrollo neurológico. De cara a sus habilidades cognitivas, el niño que aprende a meditar, desarrolla todas sus competencias intelectuales como el sentido cognitivo: mejora la atención, la capacidad de abstracción, de lógica, de cálculo, etc.

Por otra parte, cualquier otra actividad que el niño desarrolle, ya sea deportiva, creativa, artística o social, se va a ver beneficiada de la práctica de la meditación por lo que podemos afirmar que desarrolla todas las habilidades individuales, tanto las psicomotrices e intelectuales.

Además, el niño que medita, que escucha sus emociones, va a desarrollar sus habilidades sociales, va aprender a conocer sus límites, sus capacidades, aprenderá a perdonarse a sí mismo, a los demás, a desarrollar la asertividad y la empatía.

No hay una edad concreta en la que un niño empieza a dominar el castellano, y lo mismo pasa con la meditación. Los niños balbucean posturas, aprenden a estar en sus silencios y, entonces, más que preguntarnos a qué edad se empieza a meditar, podemos preguntarnos qué actividades ya pre meditativas realizan, como recortar con las tijeras, jugar con la plastilina, jugar con el agua, buscar el silencio, esconderse debajo de la cama, hacer manualidades… para no retirárselas en la medida en la que van creciendo.

Por otra parte, los niños juegan con la fantasía, con el universo, con el más allá y, por lo tanto, desde pequeños ya están aprendiendo a meditar. Ahora bien, creo, que lo que llamamos estar con una postura correcta se podría empezar desde los 6 o 7 años y con la frecuencia que los padres o tutores vean que es necesario.

A los niños hay que darle las cosas como a niños, no en pequeñas dosis, sino en forma de juegos más que hacer ejercicios concretos a las ocho de la mañana. Debemos aprovechar, por ejemplo, mientras nos despertamos, y hacer un agradecimiento a la vida, hacer unas respiraciones profundas o, cuando vamos en el coche con ellos, podemos pedirles que observen su entorno y, después, si en algún momento del día se sienten nerviosos, pueden recordarlo.

La meditación no está indicada para niños nerviosos o impulsivos, porque no es una medicina que se prescribe para que las personas puedan para paliar algo. Eso es una falsedad. Meditar es estar con uno mismo, conocerse, es crecer interiormente, es aprender a ser buena persona, compasivo con uno mismo y con los demás, a empatizar… y esto no lo hacen las personas que son nerviosas. Es más podemos ser personas nerviosas e impulsivas, pero el hecho de conocernos, perdonarnos y amoldar o anticipar que podemos estar nerviosos, ya forma una parte de la meditación. Por ello, diría que está indicado para todos los niños y niñas.

Excepto, o al menos hay que tener cuidado, con aquellos niños con trastornos psicológicos o que estén pasando por un periodo traumático. No lo aconsejo si no hay una prescripción médica o un acompañamiento por parte de psicólogos y pediatras a niños que se estén medicando para el TDH o medicamentos para el sistema nervioso central. Sí que parece que hay estudios que una meditación bien hecha, incluso hasta con trastornos de esquizofrenia, siempre que haya cuidados psiquiátricos, están dando buenos resultados, pero en principio, no lo recomendaría solamente con un libro en niños con problemas psicológicos que mediten, y menos solos.

¿Quieres enseñar a tus hijos a meditar? Sigue estos consejos y verás que es mucho más sencillo de lo que parece.

  1. Ten paciencia. Los niños son inquietos y curiosos por naturaleza y les cuesta mucho más trabajo permanecer quietos y en silencio que a los adultos. No esperes que pasen mucho tiempo meditando, con 4 o 5 minutos para empezar está más que perfecto.
  2. Hazlos entrar en el mood. Baja la voz unos minutos antes de comenzar y dirígete a ellos de forma suave y pausada, pídeles que respiren profundo junto contigo antes de sentarse/acostarse en una postura cómoda para comenzar.
  3. Enséñalos a controlar el cuerpo y los sentidos. Cuando comiencen a meditar habrá sonidos y sensaciones que los distraerán y que deben aprender a ignorar, y, por contradictorio que suene, la mejor forma de hacerlo es enseñarles a prestarle a atención a su cuerpo y al entorno, ¿qué sienten?, ¿qué oyen? Poco a poco se irán acostumbrando.
  4. Guía su mente. Dales un paisaje, una emoción e incluso una melodía y pídeles que se concentren en ella y que traten de no pensar en ninguna otra cosa. Deja que los niños elijan su forma de concentrarse; no impongas, simplemente guíalos.
  5. Prueba con mantras. Puedes elegir mantras sonoros como el om mani padme hum o el ho’oponopono, o crear tus propias frases que los niños comprendan y que se sientan bien repitiendo, por ejemplo: “no debo temer”.

Tu preferencia es nuestra principal motivación, si te gustó esta nota, ayúdanos a compartirla