¿Por que el castigo no funciona?

Disciplinar a nuestros niños no es una tarea fácil. Es todo un reto y más en esta época en la que todo parece moverse a una velocidad vertiginosa.



No cabe duda de que hoy en día las mamás tienen mucha más conciencia y bastante información.

Sin embargo, no deja de sorprenderme que, ante tal avalancha de conocimientos y tecnología, las madres sigamos atoradas en la creencia de que sólo existen dos opciones para lograrlo: los premios y los castigos, aun cuando nos hemos dado cuenta de que estos métodos suelen no funcionar o su efecto dura periodos cortos.

En lo personal no he conocido a una mamá que, propositivamente, haga algo para lastimar a su hijo. Una y otra vez me he encontrado con aquellas que se sienten culpables, desorientadas, poco eficientes o desesperadas al corregir y no obtener resultados. Entonces ¿por qué lo siguen haciendo?.

La teoría clásica del castigo nos dice que, para que éste sea efectivo y adecuado, debe cumplir tres requisitos:

Aplicarse justo después de que haya tenido lugar la travesura.

Ser desagradable para el niño (esto se consigue quitándole algo que el niño valora o bien forzando al niño a hacer algo que no le gusta).

Ser proporcional a la acción.

Sin embargo, pocos son los padres y educadores que consiguen castigar según dictan los libros y, aún en el mejor de los casos, existen suficientes evidencias que nos sugieren que el castigo no es la mejor opción educativa.

Por qué el castigo no es la mejor opción educativa

Castigar justo después de la trastada y mantener la calma son conceptos muchas veces incompatibles. La reacción emocional natural de los papás cuando el peque acaba de cargarse una vajilla al tirar del mantel de la mesa, es de enfado supino. Y cuando uno se encuentra en ese estado, tenderá a castigar rápido… pero desproporcionadamente.

Los castigos demasiado duros tienen dos consecuencias: por un lado, suele resultarnos difícil mantenerlos (“¡¡dos semanas sin el ipad!!” suele quedarse en “un día sin el ipad”, por lo que terminamos siendo poco consistentes); por otro lado, la dureza del castigo genera una reacción emocional intensa en el niño (sentimientos de rabia, injusticia, soledad..) que, además de enturbiar nuestras relaciones afectivas, le predisponen, de nuevo, al mal comportamiento y es que si algo hay claro es que los niños felices se portan mejor que los que no lo son.

Con el paso del tiempo, además, los castigos pierden su eficacia y dejan de resultar aversivos para el niño, por lo que cada vez necesitaremos castigos más fuertes para conseguir los mismos resultados, iniciando así una escalada nada aconsejable.

La condición de que el castigo tenga que resultar desagradable para funcionar también tiene sus contras: por ejemplo, puede suceder que el niño asocie el malestar y el desagrado a ciertos elementos del castigo, convirtiéndolos en cosas indeseables como en el caso de la “silla de pensar”, ya que puede que asocie “pensar” o “sentarse en una silla” con “castigo” y termine considerando la introspección y la reflexión cosas negativas, cuando no lo son; o castigar al niño sin parque porque se ha portado mal e irnos de visita a casa de los abuelos, convierte a los “abuelos” en parte del castigo.

Por otro lado, el aprendizaje (no volver a hacer lo que hizo) tiene lugar porque el niño tiene “miedo” de volver a ser reprendido, lo que no nos garantiza que realmente haya comprendido por qué estuvo mal su acción, sino que simplemente es una respuesta de evitación de un mal que puede, además, dar lugar al desarrollo de estrategias para “no ser pillado”. El hecho de que el castigo suela ser algo que no tiene nada que ver con la acción del niño (por ejemplo, “has molestado a tu hermana, hoy no tomas postre”), apoya esta idea.

El castigo corta de raíz las conductas inadecuadas, pero bajo el supuesto de que “equivocarse es malo y uno debe pagar por ello”, lo cual choca frontalmente con la idea de que los niños aprenden por ensayo y error y de que equivocarse forma parte del proceso natural de maduración.

Por último, al representar el castigo un fin en sí mismo, no le da la posibilidad al niño de hacer las cosas bien, ni le muestra cómo hacerlas, ni le invita a pensar en cómo prevenir en un futuro. Se castiga la conducta inadecuada pero no se le enseña al niño a mejorar, ni se le da la oportunidad de hacerlo.


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