Cada uno en su casa, ¿funciona?



Las relaciones amorosas han cambiado mucho. Hace años habría sido difícil que una pareja decidiera, por deseo de ambos, vivir separados y reconocer ante la sociedad su enlace amoroso. Tales circunstancias solo se daban entre amantes. Hoy, sin embargo, se trata de una opción posible. Cada uno vive en su casa y la relación se establece, de mutuo acuerdo, en una u otra. Su compromiso está limitado al tiempo y al espacio que deciden compartir juntos.

Según el sociólogo francés Serge Chaumier, esta modalidad proviene de las reivindicaciones feministas de los años 70, cuando las mujeres exigían una habitación propia. El deseo que latía detrás de esta demanda era gozar de autonomía. ¿Qué ventajas e inconvenientes pueden aparecer ante una fórmula semejante? ¿Por qué se elige? ¿Puede durar siempre?

Mezcla de vínculos

La fórmula de vivir en casas separadas está a caballo entre el matrimonio y el noviazgo. Toma del primero el compromiso afectivo, reservándose una parte que no quiere compartir; y, del segundo, una forma de relación que aumenta el deseo y la idealización del otro.

Cuando la relación es muy sólida o aparece el deseo de tener hijos, suele surgir también la aspiración de vivir juntos. Convivir con alguien implica la puesta en marcha de acuerdos. Hay que compartir las tareas, determinar un orden, administrar el dinero… Vivir cada uno en su casa constituye una forma de alternar la vida conyugal con la de soltero. La mujer defiende así su espacio, porque a veces siente que pierde libertad con la convivencia. Pero esta opción también puede ser un intento de protegerse para no repetir un fracaso amoroso.

Laura tenía un pequeño apartamento en el centro, cerca de donde vivía Manuel, su novio, y no quería irse a vivir con él. Su relación iba estupendamente, ¿por qué no podían seguir así? Para ella era mucho más importante la libertad que le proporcionaba disponer de su propia casa que todas las razones de orden práctico de vivir juntos. Tenía miedo de que el hecho vivir con Manuel representara el principio del fin de su amor por él. Deseaba continuar así para defender su relación. Su historial amoroso determinaba esta actitud. Hace años, tuvo una pareja que, poco después de irse a vivir juntos, comenzó a ejercer sobre ella un control que le amargó la vida.

La convivencia se convirtió en una prisión en la que aguantó durante tres años una tortura psicológica de la que por fortuna consiguió escapar. No estaba dispuesta a repetir una experiencia semejante. Laura había descubierto en una psicoterapia que en su primera y frustrada relación había organizado con el otro un vínculo amoroso que aplastó y acabó con la libertad de ambos. Su novio dependía excesivamente de ella y por esa misma razón la agredía.

Este modo de asociación amorosa venía determinada por su historia afectiva: su padre abandonó a su madre y su progenitora se quejaba de ello. Laura se había enamorado de alguien que dependía tanto de ella que nunca la abandonaría. Sin embargo, también la dejaba sola, porque solo quería sentirse seguro. No había resuelto el duelo por el abandono paterno y había depositado sus temores en su pareja.

Miedo a perderse

Una de las razones de vivir separados es el miedo a organizar una relación fusional. Este tipo de vínculo se crea cuando una persona tiene conflictos que la llevan a sentirse agobiada e invadida por el otro. En tal caso, la individualidad queda desdibujada y los rasgos propios que no gustan se proyectan en la pareja para evitar enfrentarse a ellos. La persona que promueve este tipo de vínculo queda pegada a la otra y llega un momento en el que no se sabe quién es quién.

Pero para que una relación prospere, cada uno de sus miembros tiene que tener claro quién es y qué quiere. La capacidad que tengamos para saber cómo somos, aceptando nuestras carencias y dificultades, es lo que nos conducirá a vivir bien, primero con nosotros mismos y después con nuestra pareja.

¿Qué podemos hacer?

Si se opta por vivir cada uno en su casa, conviene tener en cuenta que en la distancia se puede idealizar al otro.

  • Habría que replantearse esta forma de vida cuando se piensa en tener hijos porque la educación y las relaciones afectivas con ellos se complican.
  • Aunque no sea lo convencional, si la complicidad inconsciente de la pareja pasa por vivir cada uno en su casa, hay que aceptarlo. Se trata de la posibilidad que esa pareja tiene psicológicamente para llevar a cabo su relación amorosa.

Fuente: www.mujerhoy.com

 


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