Neofobia alimentaria, más allá del niño “caprichoso” con la comida



A diferencia de sus compañeros neofílicos, estos niños rechazan nuevos alimentos (muchas veces movidos por aspectos sensitivos como los colores, las texturas, los olores… Aunque puede haber muchas historias detrás). Los expertos lo consideran un comportamiento “habitual” entre los 2-6 años, pero, de prolongarse más allá, las consecuencias nutricionales pueden ser muy negativas.

La neofobia alimentaria, es un tipo de trastorno alimenticio por el que el que se evita el consumo de ciertos alimentos (y que fue introducido en la última edición del DSM-5, el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales editado por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría).

También se conoce como “trastorno que restringe y/o evita la ingesta de alimentos” o “trastorno de la alimentación selectiva” (ARFID o SED respectivamente por sus siglas en inglés).

Se caracteriza por el rechazo de alimentos por motivos de apariencia, sabor, olor, textura, marca, presentación o en experiencias negativas con la comida en el pasado (por ejemplo, haber vivido una situación de asfixia tras la ingesta de un alimento concreto).

Aquellos pocos alimentos que engrosan la lista del neofóbico alimentario, pueden limitarse a ciertos tipos de alimentos e incluso a marcas específicas. De entre los excluidos, estos pueden abarcar grupos de alimentos completos, como frutas o verduras.

Aunque se ha investigado muy poco sobre este trastorno, se sabe que se presenta principalmente en la infancia, aunque puede llegar a persistir o aparecer en la edad adulta.

Edurne Maíz, diplomada en nutrición humana y dietética por la UNAV y licenciada en psicología por la EHU/UPV,  lleva años centrando sus investigaciones en la psicología de la alimentación y, especialmente, en los trastornos restrictivos alimentarios de fruta y verduras en la infancia.

Según explica la investigadora, el comportamiento neofóbico es muy habitual en el desarrollo de los niños, entre los 2-3 años, y tiende a remitir hacia los 6 años. “Lo que es importante tener en cuenta es que la neofobia alimentaria puede llegar a ser un problema cuando en esta etapa, en la que es habitual, no se gestiona bien”, asevera.

Los estudios sobre este desorden constatan que la neofobia alimentaria tiene un impacto en diferentes alimentos, especialmente en la deficiente ingesta de frutas y verduras y más grasa. “No suele ser un problema de ingesta protéica, aunque pueden darse casos, no es lo más habitual”, comenta Maíz.

“El dilema del omnívoro”

La neofobia alimentaria tiene su razón de ser en la evolución humana. Hace tres décadas, el psicólogo Paul Rozin, investigador de la Universidad de Pennsylvania, utilizó por primera vez el término “neofobia” para explicar el “dilema del omnívoro”.

Los seres omnívoros, diseñados para explorar nuevas parcelas alimentarias necesitaban diversificar, innovar y, para ello, intentaban incorporar nuevas plantas a su dieta.

No obstante, el omnívoro, receloso de lo novedoso, aprendió a ser prudente y dudar de lo desconocido ya que, todo alimento nuevo podía suponer un riesgo o amenaza.

Es un comportamiento instintivo, un mecanismo de defensa que desarrollaron nuestros antepasados para protegerse de posibles alimentos venenosos o toxinas. De ahí que los niños tiendan a rechazar de manera natural alimentos con los que no han tenido experiencia previa.

Así pues, en tanto que la neofobia alimentaria parece ser producto de una estrategia desarrollada por los humanos durante su evolución, apartamos de nuestra dieta aquello que no tiene “buena pinta”.

Asimismo, nuestras papilas gustativas nos predisponen a preferir de manera innata el sabor dulce y a mantenernos alejados del amargo, ácido o agrio (poseemos 25 receptores para los sabores amargos y solo dos para los dulces).

Ante la neofobia alimentaria “hay que generar experiencias positivas”

La deficiencia en la ingesta de frutas y verduras (u otros alimentos, según el caso), puede suponer un riesgo para la correcta salud nutricional del niño. Pero más allá de las consecuencias dietéticas negativas, estos niños o adolescentes presentan altos niveles de ansiedad y baja autoestima.

“Hay que tener muchísima paciencia, sabiendo que es algo normal en el desarrollo del niño. Cuando el niño dice que no quiere probar algo, lo que no hay que hacer es obligarle, pues con ello se consigue que sean más neofóbicos”, señala la experta.

Se sabe que la exposición temprana a alimentos y sabores puede tener efectos a largo plazo. Una dieta pobre en la infancia será la antesala de una dieta pobre en la edad adulta.

Con frecuencia, cuando el niño empieza a decir que ‘no’ a muchos alimentos, los padres les presionan en un acto a la desesperada, lo cual es un error. “El niño relaciona su rechazo a una obligación o enfado del padre o la madre, no disfruta del alimento, y se generan experiencias negativas con el alimento que van a llevar a no querer probarlo”, argumenta la investigadora.

El aprendizaje de los sabores se consigue mediante la exposición repetida de los mismos. Presentar los alimentos rechazados de manera reiterada sobre la mesa, les llevará a familiarizarse más con él y acabará generando lo que se conoce como un ‘fenómeno de habituación’.

Hay muchísima más probabilidad de que el niño desee probar el alimento si lo prepara él. Es fundamental que los niños participen en el proceso de alimentación (desde la compra, pasando por el cocinado y terminando con el emplatado).

¿Cómo generarles experiencias positivas con la comida? Se recomienda llevarles a hacer la compra con los padres; enseñarles en el supermercado las diferentes frutas y verduras que existen; cocinar el alimento juntos; hacerles partícipes (que vean cómo se hornea, cómo se prepara…); cocinar recetas que lleven ese alimento aunque no sea de manera principal (en lugar de ponerles un plato de garbanzos con espinacas, ponerles un pastel de espinacas que lleve queso por encima, nata, huevo… Es decir, mezclar aquellos alimentos “polémicos” con otros que les gusten).

Por otro lado, Maíz afirma que no hay que confundir al neofóbico con aquel que tiene un comportamiento “caprichoso” o “quisquilloso” con la comida. Si bien, ambos se integran dentro del mismo problema, el del rechazo de alimentos.

Mientras que el niño que padece neofobia alimentaria rechaza comer nuevos alimentos, aquellos que se definen como caprichosos o quisquillosos se caracterizan por tener una dieta poco variada y por rechazar alimentos tanto nuevos como aquellos que ya les son familiares.

En cualquier caso, ambos trastornos de la alimentación deben ser advertidos y corregidos a tiempo para no generar problemas de salud relacionados con un bajo consumo de esos alimentos rechazados.

Por último, también resalta que “los niños con neofobia alimentaria no tienen una preocupación por su imagen; en ningún momento hay una distorsión cognitiva en cuanto a su imagen ni quieren adelgazar”.

Cuando la logopedia entra en acción

Niños que se niegan en rotundo a probar nada nuevo y padres ‘sobrepasados’ por la situación. Así es como la logopeda Paquita González se encuentra a los padres y niños que llegan a la Unidad de trastornos de la conducta alimentaria en la primera infancia (menores de 0 a 6 años) del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús.

Paquita, de 60 años, lleva décadas centrada en temas de alimentación y desde 2005 trabaja junto a la pediatra Consuelo Pedrón y la psicóloga Beatriz Saiz en dicha unidad a la que acuden niños derivados desde distintos puntos del país (normalmente por graves patologías, portadores de sondas nasogástricas o gastrostomías).

“El logopeda se encarga de valorar las estructuras y funciones implicadas en el proceso de la alimentación y es el que presenta el alimento y ‘acompaña’ al niño a dar ese paso que tanto le cuesta”, cuenta González.

Paquita comenta que cuando el niño rechaza un alimento, los padres deben seguir ofreciéndoselo y no retirarlo. “En 10-15 veces que se lo presenten suelen aceptarlo. No se debe dejar de ofrecer, hay que insistir un poco, pero sin olvidar que todos tenemos algún alimento que no nos gusta”.

Por ello, recomienda que se les debe ir ofreciendo nuevos alimentos poco a poco, adecuados a su edad. Además, añade que no debemos olvidar que los niños aprenden por imitación y van a mostrar interés por los alimentos que vean comer a sus padres.

Otro consejo que aporta es que “si emparejamos alimentos que nos disgustan con otros que nos son más familiares, crearemos una asociación positiva, y acabaremos apreciando esos nuevos alimentos por sí solos”.

Los niños que tratan desde esta unidad de trastornos de la conducta alimentaria acuden al hospital una vez a la semana. Normalmente llevan a cabo tratamientos individualizados, aunque también los hay en grupos de 3-4 para así “facilitar su socialización”.

Los padres, que están presentes durante la terapia, “ven cómo su hijo es capaz de probar un alimento y que se puede conseguir”. De este modo, se les dan pautas para poner en práctica en casa.

“Los padres me preguntan, pero Paquita, ¿esto tiene solución? Y yo siempre les digo, claro que la tiene. Pero es un proceso largo”.

No obstante, lanza un mensaje positivo: “Todos pasamos por esa etapa en la que tenemos que probar alimentos nuevos y a unos niños les cuesta más que a otros, pero como una etapa más dentro de su desarrollo, lo van a conseguir acompañados de sus padres”.


Fuente: www.efesalud.com

 


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