Los tradicionales rebozos de Santa María del Río.

Fino y elegante, el rebozo de Santa María del Rio de San Luis Potosí ha perdurado a través de los años como una de las prendas tradicionales más representativas del país, reconocido en todo el mundo.



En 1572, en su obra historia de las indias, el fraile dominico Diego Durán ya hace mención del rebozo, prenda mestiza por excelencia, que nació de la necesidad que tenían las mujeres mestizas de cubrirse para entrar a los templos. Inspirándose en las tocas que los frailes impusieron a las mujeres indígenas con tal motivo, así como en los mantos que las españolas, los tejedores aprovecharon el telar prehispánico para tejer rebozos de algodón y más tarde de seda y de lana.

Las indígenas acostumbraban a hilar con uso o malacate las fibras que empleaban para tejer. Del mismo modo, trabajaban la seda y la lana sin abandonar el ixtle ni el algodón blanco ni el de color coyuebe, de origen prehispánico.

El uso del rebozo se hizo pronto muy popular. Lo hicieron suyo primero mestizas y, poco antes de terminar el siglo XVI, negras, mulatas e indígenas.

En castellano el nombre del rebozo parece sugerir el acto de cubrirse, de arrebujarse o envolverse con alguna ropa, de embozarse, lo que literalmente quiere decir “cubrirse el rostro por la parte inferior, hasta la nariz o los ojos, con la capa u otra prenda de vestir”.

El uso del rebozo ha sido de lo más variado. Mientras damas de alta alcurnia lo utilizaban dentro de sus casas, las mujeres del pueblo no salían a la calle sin él. Para ellas era abrigo, monedero, cuna, tendedero, pañuelo y mortaja . Era además uno de los “trapos de cristianar” mas solicitados y las religiosas, en su vida claustral, usaban el de color azul y blanco, que según Sustaita, no debía tratarse de otro más que el de “hilo de bolita”. En contraste al ocurrir una riña de vecindad, el rebozo pasaba a ser arma de combate. Por ultimo, la mujer otomí tenía la cándida costumbre de mojar la punta de un rebozo en el agua de la fuente cuando recordaba a su novio.

La elaboración de los rebozos de seda en Santa María del Río es una actividad familiar a la que solían dedicarse las mujeres. Los lienzos pueden ser de tres medidas, normal de 3.60 m., mediano de 2.80 m y chico de 2.20 m. En primer término se devana el hilo, y se coloca en los cañones la cantidad necesaria de acuerdo a cada rebozo; con esto se procede a la urdimbre, y es en el urdidor donde se le da la medida al lienzo.

Una vez urdido, el lienzo se traslada a un bastidor donde el hilo se pepena, es decir, se separa del jaspe según el dibujo. Posteriormente, se tuercen los cordones y se les agrega atole de masa para que el hilo se endurezca, a fin de hacer el amarre más fácil; a este proceso se le denomina boleo. El amarre consiste en cubrir con atados de nuditos las partes del hilo donde no se desea que penetre la tinta, de manera que el jaspe queda de diferente color al del resto del cordón.

Después del pepenado y el boleado, el hilo se tiñe. El veteo, es decir, el fondo del rebozo, y las puntas, se tiñen al mismo tiempo. Una vez teñido, el hilo se deja secar a fin de proceder al tejido. Los colores cafés en sus diferentes matices son los que se reconocen como característicos de Santa María; hay preferencia por los que están teñidos en tono oscuro o “quemado” con la “barbilla de peña”, que además le imprime un aroma que permanece a través de los años.

También se producían con tintes naturales rebozos negros, azul, rojo, morado y verde, todos con pequeños fragmentos de blanco, que son los espacios que mediante el “amarrado” quedan sin teñir, y al hacer el tejido muestran los dibujos que según su estilo se denominan: de “calabrote”, “rosita”, “rosarito”, “culebrilla calado”, y otros.

Una vez terminada esta parte del proceso, les toca su turno a las empuntadoras que tejen a mano, a base de nudo, el rapacejo o punta; tarea complicada y minuciosa que ha sido colocada por algunas personas en la categoría de los encajes. Las empuntadoras suelen distinguirse por su habilidad manual y creatividad. La elaboración de cada rapacejo les toma cerca de veinte días; la duración del procedimiento depende de las medidas del rebozo.

Los rebozos de algodón tienen también nombres que aluden a los diferentes estilos y géneros en que son tejidos; algunos de los que se utilizan mas frecuentemente en la región son: “bombilla”, “brinco”, “cordón”, “chilaquil”, “fraude”, “garrapata”, “lluvia”, “pasamano”, “rebozos ”, “polco”, “rosario”, “tablero” y “veta ciega”.

La variedad y riqueza de los diseños de los tejidos de los rebozos de Santa María del Río producen piezas únicas que son sumamente apreciadas actualmente como un elemento distintivo de la indumentaria femenina mexicana. Recientemente12, artesanos reboceros de este municipio fueron distinguidos con un premio nacional.

Complemento de los finos rebozos santamarienses son los estuches en los que suelen guardarse: cajas de madera taraceada, elaboradas con múltiples y variados diseños, por los artesanos locales. La fabricación de objetos de madera taraceada es otra de las tradiciones que distinguen a Santa María del Río como una región de artesanos.

Para reconocer la autenticidad y calidad de un rebozo de seda, éste debe pasar a través de un anillo, pero de la medida del dedo meñique de una dama.

Algunos intermediarios pasan los rebozos a través de un anillo que evidentemente es demasiado grande, con tal de engañar a la gente y hacerles creer que el rebozo es original.


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