Obesidad Psicógena: engordar por ansiedad



También se conoce como “trastorno de ingesta voraz” (binge eating disorder) y consiste en una ingesta desmesurada, que puede llegar a sobrepasar las 6.000 calorías.

“Uno de los factores que influyen en el desarrollo y mantenimiento de la obesidad es una mala gestión emocional de determinadas circunstancias como puede ser un problema de pareja, una muerte, un cambio laboral, un suspenso…”, describe Pilar Conde, piscóloga y directora técnica de Clínicas Origen.

La cuestión es que ante estas situaciones utilizamos la comida para aliviarnos. Esto puede ser placentero a corto plazo, pero a la larga produce irritabilidad, frustración, enfado e incluso depresión. Y se convierte en un trastorno llamado Obesidad Psicógena.

¿Quién lo sufre? “Tienen mayor riesgo de sufrirlo las personas con baja autoestima, pocas capacidades para gestionar los problemas y/o para comunicarse, o que han tenido patrones de alimentación inadecuados en la infancia”, según la experta. El perfil que se suele repetir es el de mujer de media edad que trabaja en casa o pasa mucho tiempo en el hogar, dándole vueltas a las cosas y con el frigorífico a mano.

¿Cómo detectarlo? Se caracteriza principalmente porque suceden tres cosas de forma recurrente o a diario a lo largo de 6 meses:

  1. Consumo de cosas hipercalóricas: No falla, nunca nos da por picar brócoli. Sin embargo, y más en este caso, “se tiende a comer productos hipercalóricos, ricos en grasas, hidratos de carbono y azúcar porque generan una respuesta placentera a nivel neurológico y de forma inmediata”, según la doctora Conde.
  2. En forma de atracones: Además se come mucha cantidad de golpe. “La persona percibe ausencia de control primero y después sentimientos de culpa. Y se tira uno o dos días purgándose. Es decir, vomitando, tomando laxantes, saltándose comidas, haciendo deporte excesivo…”, cuenta la Dra. Conde.
  3. Y fuera de horarios: Para estas personas es imposible lo de mantener 5 comidas al día y hacerlas todos los días a la misma hora. “Pueden llegar a comer cada 10 minutos”, según la experta.

Solución: El abordaje es tanto nutricional como psicológico.

El nutricionista elabora una dieta personalizada, según el IMC, el metabolismo basal, la edad, el ritmo de actividad diaria, el deporte que se realiza y el objetivo de pérdida de peso. Y el psicólogo enseña hábitos adecuados y modifica comportamientos. Exactamente, con técnicas de control de ingesta y de gestión emocional.

  1. Estilo de ingesta: Se trabaja con una estrategia que se llama ‘control estimular’ que “consiste en enseñar a la persona a evitar la compra de todo cuánto le es perjudicial (grasa, hidratos de carbono y azúcar); a hacerlo más a menudo para no acumular comida en casa; a cumplir un horario de comidas, hacer 5 al día sin dejar pasar más de 3 entre ingestas; a comer despacio, masticando bien y evitando tener el tenedor siempre en la mano, para dar tiempo a que llegue al cerebro la orden de que ya no tenemos hambre” detalla Pilar.
  2. Gestión emocional: Se trata de identificar las emociones y frustraciones que nos llevan a comer mal, y de modificar nuestras creencias y pensamientos. Entre otras cosas “se enseña a cambiar la forma en la que reaccionamos ante las emociones, a trabajar la asertividad y ser capaces de defender nuestros derechos sin que los demás nos anulen, así como a tomar decisiones”, apunta la experta. También se enseña a tener una visión más racional del concepto que uno tiene de sí mismo y de los demás. Y se trabaja ajustando las expectativas y consiguiendo que estas sean realistas: “quizás no se puede alcanzar el peso que a uno le gustaría, pero sí uno que sea saludable”, advierte Pilar.

Fuente: www.elle.es

 


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