La polifácetica toxinabotulínica



María Concepción Ramírez se convirtió en madre por primera vez el 29 de enero de 2008. La pequeña –a quien llamó Jimena- nació con onfalocele, un defecto congénito en el que los intestinos u otros órganos abdominales están fuera del cuerpo debido a un orificio en el área umbilical.

Este padecimiento suele corregirse en los primeros meses de vida sin mayores complicaciones, pero había un problema con Jimena: tenía un onfalocele amplio.

Ante la incapacidad de los médicos para hallar una solución, Jimena pasó los siguientes seis años con los intestinos expuestos, apenas cubiertos por una muy delgada membrana.

“No podía correr,  saltar o acostarse boca abajo porque me sentía incómoda”, cuenta Jimena Casillas Ramírez. Para protegerla un poco, su madre le colocaba una faja en la zona afectada diariamente.

Pero un buen día la familia de Jimena conoció a varios médicos del hospital Centro Nacional de Occidente en Jalisco, México. Los especialistas se dieron a la tarea de investigar y buscar opciones para curar a la niña.

Entonces, el radiólogo intervencionista Gil Alfonso Badallo Rivas y el pediatra Eduardo Rodríguez Cervantes analizaron una alternativa usada en el extranjero que tenía como piedra angular la aplicación de la toxina botulínica, el agente que desencadena el botulismo, una intoxicación relativamente inusual causada por la ingesta de alimentos contaminados.

La técnica consistía en inyectar dicha toxina en los músculos de la pared abdominal a fin de relajarlos y de que se volvieran lo suficientemente elásticos para cubrir el intestino.

No se tenía registro de que está técnica se hubiera utilizado entes en México, pero el caso ameritaba experimentar con nuevos recursos. Y fue así como la pequeña se sometió a dos sesiones, con espacio de cuatro meses entre cada una, con ayuda de una ecografía para ver a detalle cada uno de los músculos. En cada intervención se le aplicaron entre seis y nueve inyecciones de toxina botulínica.

Cuando la pared abdominal se relajó lo suficiente, Jimena fue intervenida quirúrgicamente para reacomodar sus intestinos en la cavidad correspondiente y cerrar por completo su abdomen.

“No hay venenos, sino dosis”. Seguramente has oído hablar del Botox –la marca que se posicionó primero en el mercado- y piensas que solo se usa en tratamientos estéticos, pero, en realidad, la toxina botulínica –nombre de la sustancia activa- surgió para tratar afecciones neurológicas gracias a que produce parálisis y regula la transmisión de impulsos.

Tales efectos han conseguido que la sustancia sea recetada comúnmente para tratar patologías relacionadas con la rigidez muscular y los movimientos musculares involuntarios.

La historia de esta toxina que es producida por la bacteria causante del botulismo, una enfermedad rara pero potencialmente mortal que ataca al sistema nervioso –comenzó en 1820 con Justinus Kerner, médico alemán.

Aunque el botulismo ya era conocido, Kerner fue el primero en ofrecer una descripción clínica detallada de las intoxicaciones y muertes producto de este agente. En sus investigaciones notó que el “veneno de las salchichas” producía parálisis neuromuscular.

Pero el descubrimiento de sus propiedades terapéuticas es muy curioso. Durante la Segunda Guerra Mundial los servicios de inteligencia británicos informaron que los alemanes planeaban arrojar toxinas sobre Gran Bretaña. Con el objetivo de investigar los alcances de esa supuesta guerra tóxica y proponer soluciones defensivas, la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos montó un laboratorio en donde se ontuvo la toxina botulínica tipo A en su forma más pura, según explica Walter Ledermann en la Historia del Clostridium botulinum. Los alemanes nunca esparcieron la toxina sobre Londres, pero la medicina obtuvo una sustancia que ayudaría al control del estrabismo y a la que, con los años, se le hallarían infinidad de usos.

La toxina antiedad

Mientras se utilizaba para corregir el estrabismo se percataron de que este principio activo biológico paralizaba los músculos faciales suave y temporalmente, sobre todo el entrecejo, así que comenzó a usarse con fines estéticos, según explica Bernardo Goldzweig Hans, especialista en procedimientos antienvejecimiento.

“Las caras inexpresivas de las grandes celebridades que han usado esta sustancia tienen dos explicaciones: abuso de la toxina o mala aplicación”, puntualiza Goldzweig Hans.

Existe una gran cantidad de mitos respecto a esta toxina, dice Ana Ruth Jiménez Santos, médica cirujana de la clínica Medicina Estética Avanzada, ubicada en México, quien agrega que la toxina es la piedra angular de los tratamientos antiedad sin cirugía.

En la aplicación de la toxina botulínica, menos es más. “Puedes aplicar mayor cantidad hasta alcanzar la dosis correcta, pero no puedes quitar” señala Bernardo Goldzweig. Jiménez Santos respalda la afirmación: “El detalle está en la cantidad: si se abusa, el rostro queda sin asimetrías. Yo, por ejemplo, procuro dejarles a los pacientes una que otra arruga para que el rostro tenga un aspecto natural”.

Además de eliminar temporalmente las líneas de expresión, la toxina se usa en el tratamiento de la hiperhidrosis: es decir, la sudoración excesiva de manos, pies y axilas.

A diferencia de la aplicación en el rostro, que solo dura unos cuantos meses, el efecto de la toxina en manos, pies y axilas puede alcanzar hasta un año, pues actúa a nivel glandular, explica Alejandro Coello Manuell, especialista en medicina regenerativa y antienvejecimiento.

Para la inyección de toxinas botulínica en manos y pies se utiliza un anestésico porque, aunque se usan agujas de insulina –que son muy delgadas-, se aplican múltiples pinchazos. Según el tamaño, en la palma de la mano, por ejemplo, se pueden colocar unas 40 inyecciones.

Mejorando vidas

La reducción de las arrugas es el uso más banal, y quizá más conocido, de esta sustancia que también ha irrumpido con fuerza en campos tan avanzados como la oftalmología.

Esta toxina, que puede llegar a ser mortal por su naturaleza, mejora la vida de personas con blefaroespasmo –es decir, cierre involuntario de los párpados- o con distonía cervical, comúnmente conocida como tortícolis, y que puede llegar a ser muy dolorosa e incómoda.

Fernando Aurioles Arizcorreta, neurocirujano del Hospital Ángeles del Pedregal, en México, explica que anteriormente el blefaroespasmo y la distonía cervical eran tratados con fásmacos, pero el resultado distaba mucho de ser el óptimo.

La espasticidad (músculos rígidos y tensos), condición frecuente entre los niños con parálisis cerebral y que interfiere en su función, higiene y confort, responde favorablemente al tratamiento con toxina botulínica.

“los resultados que ofrece la toxina botulínica son superiores a los que se obtenían con medicamentos antiespasmódicos. La calidad de vida de esos pacientes mejora, pues sus cuerpos están menos rígidos y sus cuidadores pueden manejarlos más fácilmente”, afirma Aurioles Arizcorreta.

Toxina botulínica y ginecología

Otros campos de la medicina también se han visto beneficiados con este agente biológico; tal es el caso de la ginecología. Padecimiento de la vejiga y de la musculatura del piso pélvico –como el muy doloroso vaginismo-, que no respondían a otros tratamientos, pueden mejorarse con el uso recurrente de esta toxina.

Aunque esta aplicación no es nueva, en México son pocos los especialistas que la aprovechan; la mayoría de la gente desconoce esta opción, explica Andrea Olguín Ortega, uroginecóloga del Centro Médico ABC.

Desafortunadamente, el costo de la aplicación dela toxina botulínica no es bajo porque, además de los honorarios del especialista, hay que pagar por la cantidad del producto necesario, explica el neurocirujano Fernando Aurioles Arizcorreta.

Infinidad de posibilidades

Y cuando parece que ya no se le pueden hallar más usos, se descubre que funciona en el tratamiento de la migraña crónica, las fisuras anales, la incontinencia urinaria y como poderoso analgésico de largo plazo, según informes de la Sociedad Española de Medicina Estética.

Como cualquier medicamento, la toxina botulínica tiene efectos secundarios, los cuales, en general, duran poco tiempo. Para evitar malas pasadas, sobre todo en el ámbito estético, los especialistas recomiendan verificar las credenciales de quien hará las aplicaciones, así como respetar los intervalos que el médico sugiere entre cada tratamiento; de lo contrario, el efecto puede quedar anulado, ya que el organismo genera inmunidad a la toxina.

“El paciente tiene derecho a ver, incluso, la fecha de caducidad de la toxina que se le va a aplicar”, recalca Ana Ruth Jiménez, también especialista estética.

Una nueva vida

Han pasado ya tres años desde que Jimena fue operada, y su vida transcurre como la de cualquier niña de su edad. Tras el tratamiento con la toxinabotulínica, fue dada de alta y hoy día corre, salta y hasta nada sin problema alguno. “Ahora toda su vida es más fácil”, sentencia su madre.

 


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