La lucha diaria de las tareas escolares.

Con frecuencia escuchamos a los padres decir:



Cuando las experiencias dejan de ser gratificantes y se tornan tediosas (o, a veces, todo una pesadilla) hay que hacer un alto en el camino y reconsiderar las posiciones tomadas. El regreso de los niños a casa debería ser vivido como un momento de reencuentro para compartir en familia. Sin embargo algunas veces no es así.

Reflexionemos: ¿Qué sentido tiene que los niños hagan tarea en casa?. Esta es: que el pequeño practique en casa lo que se le enseñó en la escuela ó colegio.

Ahora bien: ¿Es verdaderamente esto lo que sucede cuando llega el momento de sentarse a trabajar en casa?

La mayoría de los padres asumen la obligación de tener que hacer las tareas con sus hijos, y sienten la responsabilidad de que debe quedar “perfecta”: sin errores y bien presentada. A veces se encuentran con cuadernos corregidos, tachados, borrados y le señalan al niño que no debe quedar así. Entonces, ¿dónde quedó el aprendizaje del niño? Si aprender y practicar es tener que hacer todo a la perfección…¿quién se animará a semejante desafío? Muchas veces cuando no queda espacio para la duda ó el error, la presión es tan grande que no permite pensar.

Generalmente la exigencia de los padres responde a una necesidad personal de mostrar la excelencia de su hijo y, más aún, la de padres. Si sus hijos no hacen la tarea correctamente sienten que su rol como padres es insuficiente. De lo contrario, aceptarle los errores y fracasos al niño, implica reconocerlo como un ser independiente. Es importante enseñarle a asumir sus faltas y ayudarlo a crecer, a hacerse responsable y comprometerse con él ó ella mismo(a).

La tarea les debe servir al niño para poner en práctica lo aprendido, y a la maestra para evaluar la calidad del aprendizaje. Si la tarea no está bien, esa es la señal para volver a repasar lo que no quedó claro. La maestra es la responsable de explicarle al niño cómo de hace la tarea y la mamá de ayudarlo, alentándolo a que pregunte cuando no entiende o tiene dudas. Este es una manera de fomentar la responsabilidad en un niño(a) de que debe entender que cada uno tiene su rol.

No es beneficioso para la madre ni para su hijo continuar la escolaridad en casa: mamá se pone nerviosa por tener que explicar algo que ella, probablemente entiende poco, y el niño, cansado de una larga jornada escolar, no logra descifrar lo que su madre le intenta hacer comprensible.

Aprender es incorporar, apropiarse de conocimientos, estrategias, modelos, datos… Es un proceso en el que hay marchas, contramarchas y muchos errores. Pero de ellos también debe aprenderse, porque de lo contrario quedarían como “fracasos”. Deben resultar útiles para evitar otros fracasos.

Si los padres le permiten al niño(a) hacer sus deberes de forma autónoma, lo estarán reconociendo como persona inteligente, independiente, capaz y responsable. Más allá de la tarea escolar, se le está otorgando el valor moral que, como persona, se merece. Tratar de imponerle la perfección sólo lo llevará a desalentarse ante el primer tropezón queriendo abandonarlo todo. Como bien sabemos, en todos los ámbitos de la vida, tendrá que sobreponerse una y otra vez.

¿Qué ayuda debieran entonces dar los padres a sus hijos?

Ser sus acompañantes. Ofrecer su presencia para que el niño sepa que puede contar con su ayuda. Sin estar necesariamente sentados a su lado, que el pequeño sepa que tiene a quien recurrir, que cuenta con una guía, con un orientador, pero no con las respuestas hechas a sus preguntas.

Los padres podrán ofrecerle ideas, instrumentos para ayudarlo a pensar, a cuestionar, a cuestionarse.

Aproveche los fines de semana para organizar y acordar en familia las acciones por realizar en torno a las tareas.

Ponga al tanto a la persona que está con su hijo (en el caso de existir) sobre los acuerdos y reglas establecidos (horarios, opciones, etc.).

No le haga la tarea, ayúdelo si es necesario (absuelva preguntas, de sugerencias, etc.).


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